HOTEL UTOPIA

La Rosa Púrpura de la Janda

 

No es Tom Baxter pero la suya es en cierto modo la historia de un rescate. Entre la ficción y la realidad, Miguel Angel Fernández, ha creado una sinestesia en mitad de la Janda a la que ha puesto por nombre Utopía.

Y el nombre le viene al pelo porque no es un lugar, aunque se ubique en pleno centro de Benalup; ni un hotel, aunque las tres casas rehabilitadas donde se emplaza cuente con 17 espectaculares habitaciones temáticas.

“Es un concepto” nos dice con una mirada buñuelesca enfundado en un impecable traje panamá de lino crudo mientras nos traslada a los años 30. Una decada, la de las vanguardias que no pudieron florecer, que impregna todo el conjunto como el olor de una dama de noche.

No hemos entrado por la puerta del hotel sino por la de la Fonda de Utopía. A través de un pasillo de cine llegamos a un telón que separa la realidad de la ficción.

¿Es un café teatro francés, un cabaret alemán?

 

Junto a la barra, su creador nos atiende y retrocediendo sobre nuestros pasos nos sumergimos en un detalle que habíamos pasado por alto: el Museo de Utopia.

Allí, blanco sobre negro, como en un kiosco de hace 40 años, cuelgan de unas pinzas las verdades que no pudimos leer y las mentiras que tuvimos que creer.

Primeras ediciones de libros y revistas, documentos de la guerra civil, mandiles masónicos, placas y camaras de los inicios de la fotografía o secadores de pelo art decó es el primer golpe de efecto en este insólito lugar.

Regresamos a la irrealidad de un espacio escénico donde todo parece posible.

Tras la barra lacada en negro, las camareras nos devuelven a la realidad con la solicitud cordial de quien conoce el efecto que la primera vez causa en el visitante.

Mientras llega la cena y esperamos el espectáculo Chaplin nos arranca unas sonrisas desde los monitores que orillan la sala.

Chano Robles se ha subido al escenario y arranca algunas piezas al teclado de un piano.

La carta, como todo en Utopía, va más allá de lo que parece en su búsqueda de sensaciones y hasta una simple sopa fría de pepino “con y sin hierbabuena” puede convertirse en toda una experiencia para los sentidos pero en esta ocasión hemos elegido el menú degustación para poder llevarnos una idea general.

 

Pese al aire de transgresión, el servicio funciona como un longines y pronto descubrimos sobre una vajilla de hilo de plata, diseñada para primera clase del Queen Mary, la primera de las 5 delicias del menú a caballo entre la Sierra de Cádiz y las Mil y una noches: Ensalada de queso fresco payoyo y frutos secos con reducción de Pedro Ximénez.

Podría ser una recreación de un viaje del Titanic o el vuelo del Zeppelin pero hoy será Noche de Cabaret. Mientras del piano surgen bandas sonoras y melodías clasicas llega un finísimo Carpaccio de Atún de Almadraba, tan delicado como una sábana de raso, donde el marinado con Citronelle de

Dijón se hace notar como los pasos de los tanguistas que empiezan a simular una pelea por celos sobre el escenario.

Una improvisada Liza Minelli -Merche Corisco- canta a pulmón el tema principal de cabaret y mientras se deshojan algunas plumas de su marabú entre los aplausos del

público llega el mejor entre los platos del menú. Rodaballo gallego al horno con salsa Beurre Blanc. Fresco, jugoso y acompañado por una clásica salsa francesa sin estridencias. A nuestra espalda, sobre una mesa de ocho comensales, Aly- Cristango, interpretan un tango entre platos y copas con una precisión milimétrica.

Mientras nos recuperamos de la emoción una inocente Marillin Monroe se balancea sobre el escenario y el Steak au Poîvre, un mágnifico novillo argentino a la pimienta, llega a la mesa. Sería interminable recrear un espectáculo como el Cabaret de Utopía donde hasta el dueño se convierte por un momento en un personaje de María Dolores Pradera y donde no faltan ni Serrat, ni Cohen ni Silvio ni todos aquellos que hicieron de un sueño su bandera.

El repertorio musical va tocando a su fin y el culinario, con una Sopa de Chocolate blanco donde surge una pequeña macedonia de frutas de estación, también.

Aplausos para los artistas aunque falta la principal, Ingar Bermejo, la chef que ha oficiado cinco pequeñas delicias que no olvidaremos.