MERCHE CORISCO

la Diva del Cabaret de Utopía

Alimenta el día de cualquier sustento, y hasta a veces de ninguno, con la esperanza que cada noche sea la noche de sus sueños y si es posible de los nuestros. Es fiel a nadie, pero orgullosamente infiel consigo misma. Promete cada mañana ser lo que no es y afortunadamente se traiciona. Disoluta hasta el punto exacto en que el oro que acumula se disuelve en su licor de oro, a sabiendas que es indisoluble. Tímida en palacio, torbellino en el tugurio. Casquivana entre las mesas, justo el tiempo que dura el estribillo que se vierte cauteloso por los dedos de su mano hacia la tuya. Silenciosa hasta exasperar, maliciosa, al pianista que ha de cubrir a su aire el improvisado halo de silencio que genera cuando menos te lo esperas. Gutural y rota cuando tiene su voz en plena forma. Terciopelo de voz cuando le sobra fuerza en la garganta y aleja el micro hasta perderlo. Despistada como la diosa Alcmena que olvidó cantando que era diosa, madre de Hércules y esposa del mismo Zeus y exhibió su cuerpo desnudo ante si misma, para su asombro y sonrojo por tanto arrojo cortesano. Pura sangre de escenario, roja escarlata, roja carmín, roja sangre de reina republicana. Patinadora sobre el hielo on te rocks de tus miradas. Trapecista sin más red que sus baladas. Heredera y colega de las grandes cantantes del pasado que se cuelan en sus cabarets para admirarla sin pagar entrada porque camelan con su fama al de la entrada.

 

Hoy despierta pasiones en el cabaret de los mil peniques, ochenta asientos, treinta espectadores, diez copas pagadas, otras dos robadas y ocultas caladas

 

de hierbas de Juana. De ese cabaret varado en la mar de los años treinta y que ahora frecuenta para ser a su gusto asesina en Chicago, la Piaf del Olympia, la Joplin de Woodstock, Fitzgerald en Harlem, en Berlín la Dietrich y en tu mesa …Y en tu mesa diosa.

 

Ahí perdió su timidez el capitán pirata, a su vuelta de Estambul, por culpa de que Merche se sentó sobre sus muslos de chaqué mientras cantaba a Edith Piaf en mitad de la función del cabaret, haciéndole creer que era un galán, él que por supuesto no era tal.

 

Quien quiera ser galán maduro y voyeur o solo quiera parecer un tierno adolescent que vaya a ver a Merche al cabaret, seguro que hará guiñapos su moral y le hará ver que es un rufián, adúltero de sueño y pecador, turbia ilusión de un buen truhán. Si ves que al actuar parece que no encuentra su. boquilla de nacar sujeta en sus estrías de labios de carmín, será que la perdió cuando le dio el humo al tipo aquel del capitán del huracán del barco en que me dijo que llego hasta Utopía remando por el mar. Los labios de Merche, en efecto, fueron un tiempo pura sal.

 

Miramos cuando es la marilín perversa cual lolita en un sinfín de ritmos al columpio de un jardín, en donde prende la ilusión del viento que levanta cual la flor sus pétalos de falda a la emoción con touches de parfum de Cristian Dior.

 

Piano abrázala, desnúdala y viste de marfil su piel de diosa de teclas de salón, su piel de azúcar de fuego y algodón. Apaga luces del cañón y prende el rojo del telón, que Merche está desnuda bajo un velo de pasión, bajo el escote infinito de su voz, bajo el temblor que hace estallar el diapasón, como bien sabe… Louis Armstrong