WHEN LOS DELINQÜENTES GO MARCHING IN

BLOG de la web de Utopía dedicado a Los Delinqüentes

Miguel Ángel Fernández, el 3 de febrero de 2012

A Marcos y Diego que dicen que se dice que se van sin Los Delinqüentes.

No sé muy bien que hacía perdido yo cerca de los muelles de Nueva Orleans aquella fría mañana de Febrero de 1932, justo delante de la puerta ya cerrada del Daddy Bar. Supongo que la noche traidora de la música del blues hasta allá me habría secuestrado. Buscaba un tranvía que me devolviera a la civilización de mi hotel y me acerqué a preguntar a un grupo de músicos que levemente me recordaba haberlos escuchado tocar esa noche y que aún blandían en sus manos sus ahora quedos instrumentos. No me hicieron caso alguno, es más creo que ni se enteraron de que allí estaba y les preguntaba. No paraban de hablar en voz baja y bajo sus bombines. Hablaban de uno en uno y los demás bombines asentían, En realidad, todos decían lo mismo. Al parecer corría el rumor de que había muerto un músico, su mejor garganta, el que anoche no estaba con la banda, el que era tan paria y tan negro como ellos, pero del que se decía que su voz era más blanca y rota que el tizón, quizá la mejor de la peor zona de Orleáns. Era el líder del grupo de aquellos delinqüentes callejeros de música arrancada a jirones de humo en los antros en que les dejaban tocar, que eran todos donde no cobraran. Era la voz, el líder del grupo, aunque daba igual su nombre, la banda era para disfrutar, era propiedad de los sin tierra, de la buena gente, no se glorificaba ni jamás grabó un disco. Su único orgullo, del que sí que se vanagloriaban, era haber crecido en la acera de enfrente de la Academia de la Música de Orleáns sin jamás haber entrado en ella.

Aquella insólita, fría y húmeda tertulia portuaria y de arrabal, fue creciendo con la llegada de esos personajes, vampiros sin féretro, que la noche escupe de sus antros cuando la luz rompe la magia del humo y de la música y se pegan a quien sea con tal de no reconocer que se cerró la luna. Así nos fuimos enterando, a trompicón de rumor, que murió sin más, porque le dio la gana y uno decía además que eso se lo oyó decir a quien dicen que se lo dijo esa noche y que esa mujer dijo también que el de la voz de tizón le dijo que había decidido esa noche no levantarse más, que hacía demasiada humedad y faltaban demasiadas noches de luna oculta por las brumas, para los conciertos de calle del verano.

Los músicos de los bombines, que eran el resto de la banda y que según rezaba un rótulo sobre la piel del bombo que a la espalda llevaba el más fornido de ellos, se llamaban The saints, ya no hablaban, solo movían los bombines, juraría que a ritmo de blues, aunque su intención fuera comunicar que se enteraban y asentían sobre lo que oían, decidieron al fin emprender su marcha andando hacia la barraca de madera ajada en que cada mañana ensayaban y que era precisamente el aposento del que faltaba.

- ¿Puedo ir con ustedes? Pregunté al único músico que parecía tener un mínimo don de palabra.

- Como usted desee, no anda lejos, pero le advierto que allí vamos a ensayar como todas las mañanas antes de acostarnos, que hoy él tendrá además ganas de hacer música si es verdad que anoche decidió dormir.

En esa húmeda mañana del invierno de Orleáns, seis negros con bombín e instrumentos mudos en sus manos, junto a un blanco desconcertado, con mi Panamá ajado que escondía mi resaca y confusión, enfilamos hacia el fin del mundo de Orleáns, que la verdad no andaba lejos, porque ya la noche nos había confinado en la frontera del fin.

Ya antes de entrar a la barraca, un grupo de jóvenes, niños y mujeres, apoyados en las tablas de sus muros, confirmaban con sus miradas huidizas lo que el mundo paria y garrapatero de la noche de Nueva Orleáns sabía. Los músicos impávidos, incluidos sus bombines, se abrieron paso entre ellos mientras el lacónico portavoz de la banda les decía “Perdón, dejen pasar, vamos a ensayar”, y así fue como sin más entraron.

Una mujer madura y atractiva, al parecer cubana, me dijo en español con la confidencia de un santo y seña de trinchera: “ellos saben la noticia, no se crea, pero de esas muertes repentinas de músicos a veces se resucita, yo conozco muchos que han vuelto a la vida del son en Cuba, pero esta vez. ¿sabe vos?, esta vez no, esta vez está muerto y con él la Banda.

Cerraron la puerta y por la ventana del chamizo vimos como le rodearon de pie, impávidos, en silencio, cada músico con su instrumento en las manos. Pasó el tiempo, cerca de dos horas. Por fin alguien habló, era el trombón de varas, el portavoz, el de siempre, el único que en realidad hablaba, y dijo en voz alta el epitafio que todos querían decir y no podían: "vamos".

Subieron al santo con cama y todo encima de una carretilla allí mismo diseñada y creada con unas tablas y unas grandes y delgadas ruedas de antiguo coche robado de bebé. La mortaja móvil la empujaba un niño de trece años que dicen que era aspirante a trompetista. Detrás los músicos y detrás los que no teníamos otra misión que ser los de más atrás. Eran las 11, 45 de la mañana húmeda de Nueva Orleans. El cementerio estaba a sólo media hora andando.

Comenzó el concierto, el último, el de la despedida, el del sabor de melaza, el de alegría y llanto de felicidad porque allí todo el mundo sabía que nadie nunca, jamás, podría enterrar la música de Los santos en silencio, y aún menos con arengas, escritos o epitafios. Al principio se nos sumaron pocos. Su ruta era justo la contraria al cementerio. El tema era el mismo, una marcha que marchaba sobre ruedas, que crecía de tonos sobre el barro, que perforaba de viento la humedad, que abría las ventanas del silencio, que sumaba a la alegría gentes y más gentes...

Oh, when the saints go marching in

Oh, when the saints go marching in

Lord, how I want to be in that number

When the saints go marching in

 

Yo creo que llegamos a ser unos doscientos los músicos y acompañantes que al día siguiente llegamos al cementerio, sin cesar de tocar y cantar la misma marcha, más o menos a las 11,45 de la mañana, tampoco más.

Nunca se publicó la noticia de aquella muerte, no hubo poetas que glosaran su memoria, ni discográficas que recuperaran sus éxitos jamás grabados, ni explicación alguna coherente de por qué aquel músico decidió no esperar el calor del verano y de su música, pero de aquel concierto íntimo, improvisado, repetitivo hasta el agotamiento, interminable, jamás se dejó de hablar. Pasado el tiempo, el concierto se hizo leyenda y llegó el momento en que toda América parecía haber estado en aquella marcha postrera delinqüente. Y es hoy aún, y mira que ha pasado el tiempo, y la noche y los inviernos y la humedad, que nadie sabe en realidad quienes eran los santos, pero medio mundo estuvimos en aquella marcha de los santos garrapateros que aprendieron música y vida en la acera de enfrente de donde se aprendía a cubierto y pagando.

 

Cada uno de aquellos santos delinqüentes se fueron al día siguiente en un vapor de ruedas diferente por el Misisipi. Pero el adiós o el hasta luego o el vaya usted a saber qué les deparó la vida...no fue una arenga, ni un manifiesto, ni una esquela, fue una fiesta, una marcha interminable de música, vino y juventud en una noche húmeda de invierno.

 

Sería para Utopía el mayor honor de sus seis años de existencia que estos santos que ahora dicen que hay quien ha leído que han dicho que adiós o que hasta luego, fuera la calle eterna de New Orleans donde una banda de santos garrapateros dijeran adiós sin decirlo sólo marchando por encima de la música y de la emoción de al menos cien o doscientos amigos.

Así será como el Wikipedia del siglo XXII dirá al final de la crónica de Los Delinqüentes: ... cuando en febrero del 2012 aquel mítico grupo de comienzos del Siglo XXI, decidió dar por terminada su carrera conjunta, escogieron una pequeña sala de un pequeño pueblo gaditano que nunca tuvo colegio de pago y en la que algunas noches habían sido felices, quizá porque estaba anclada para siempre en los muelles de la Utopía del Orleáns de los treinta, para celebrar entre amigos, con su música y sus verdades de barqueros de niñas bonitas, su despedida sin palabras, mientras una banda de jazz les recibíó en la sala con el mítico When the Saints Go Marching In, que se repitió, muy avanzada ya la madrugada, como himno de la música a la despedida de su alegría.

 

Este blog es ahora, al escribirlo, sólo una utopía, pero también lo fue que un gorila subiera en los años treinta a lo más alto del Empire State con su rubia amada, y la verdad es que subió y todos lo vimos.

LOS DELINQÜENTES

HAN ACTUADO VARIAS VECES EN UTOPÍA

Y CADA NOCHE HA SIDO UNA GRAN FIESTA

PLETÓRICA DE ALEGRÍA Y AMIGOS