Ferrán Adriá: La mirada ardiente

Ferrán Adriá, como cualquier gran genio, no improvisa. O si se prefiere, las genialidades encierran detrás un gran trabajo, cientos de horas de reflexión. La genialidad como sinónimo de ocurrencia es simplemente eso, una ocurrencia. Hace ya año y medio, en el primer Agosto que compartimos en Utopía, Ferrán me anunció el cierre de El Bulli. "Esto es ya un disparate. ¿Conoces a alguna empresa que tenga en plantilla a alguien cuya misión sea decir no a quien llama?... Pues bien, en El Bulli tenemos a dos en nómina sólo para decir que no a las peticiones de reserva".

Las miradas ardientes de la creatividad nunca han necesitado de un local concreto en el que asentar su trabajo. Picasso o Caruso o Verdi no eran un taller ni un estudio ni un teatro, eran ellos con su obra, o aún más, eran su obra aún sin ellos, pero nunca un sitio, fetichismos aparte.

Adriá está absolutamente por delante de clasificaciones que le encumbran a ser el primero entre los primeros, está a años luz de ser dueño y alma del primer restaurante del mundo, y está a la misma distancia que nos separa del Big Bang de tener tres estrellas Michelín. Ferrán es vanguardia pura. Quien diga que ha ido a El Bulli y le ha gustado o no le ha gustado lo que allí ha comido es que simplemente no ha ido. En el Bulli no se come, eres parte de una función tan novedosa que ni nombre tiene. En su ruptura total con el canon sagrado del comer, le faltaba romper una amarra, la que le ataba a la tiranía convencional del restaurante. Nunca más abrirá. Y él, por supuesto, sabe desde hace tiempo lo que dentro de dos años va a suceder.

Sugiero a los inspectores de la Guía Michelín que vayan reservando los billetes porque El Bulli, comandado siempre por la ardiente mirada del genio, ya se ha calzado las ruedas y dentro de poco habrá que buscar pacientemente por los cinco continentes donde recaba el primer restaurante del mundo y de la historia sin restaurante.