Agustín García Calvo, lasciate ogni speranze

Lasciate ogni speranza voi ch'entrate, así me recibiste, burlón y jocoso, con disfraz de Alighieri en el infierno, cuando entré por vez primera en la Boule D’Or de París. Era tu espacio tertuliano latino y libertario. Un café turístico, de poco encanto subversivo, por no decir ninguno, pero al que tus estrepitosas patillas y tu hablar docto y tranquilo le daban aires de Ateneo y enmarcaban a la perfección, a tu pesar, el icono sagrado de un auténtico intelectual exiliado. Los demás éramos una mezcolanza de jóvenes y estudiantes, casi todos españolitos, la mayoría autoexiliados de verano, aunque todos, eso sí, con vocación de exilio del franquismo. Y es que, salvo algún caso, a todos nos faltaba el carné oficial de proscritos que tú y tu cátedra os habíais ganado con denuedo en el campus universitario de la Complutense de Madrid, en 1965, al hacerte solidario de las protestas estudiantiles junto a Enrique Tierno Galván, José Luis López-Aranguren y Santiago Montero Díaz.

 

Tu tertulia estaba muy concurrida, pero pocos se animaban, más bien diría se atrevían, a hablar. Tu preciso verbo, tu estilo político iconoclasta y tu inevitable erudición, aconsejaban un prudencial silencio en aquel ágora. Al fin y al cabo, lo importante era estar allí reunidos en libertad, para en libertad ejercer la libertad de estar y escuchar, sin miedo. Algo tan natural y sencillo, pero que sonaba a nuevo, a aliento fresco, a esperanza.

 

El Barrio Latino de París, en aquellos años del final de los sesenta y comienzo de los setenta, conservaba aún festiva la memoria de la barricada de adoquines levantados para ver la arena de la playa, podían verse todavía jirones de nubes bajas y lacrimógenas, seguíamos dando besos apresurados de noche y sin bandera, nuestro ideario no había cambiado y era tan impreciso y contundente como soyez réalistes, demandez l'Impossible. Justo en la más emblemática de sus esquinas, la que forman el Boulevard Saint Germain con el Boulevard Saint-Michel, había un Self-Service que era muy barato, pero tan sucio y tan mala su comida, que nos servía a los que como yo andábamos por lo común sin blanca, para marcar distancias, para dejar claro que ahí ni locos entraríamos, que éramos pobres pero todo tenía un límite. Pues precisamente en ese antro era donde almorzaba todos los días, sin fallar uno, Agustín García Calvo.

 

Nunca me atreví a preguntarte si tu espantosa opción gastronómica parisina era parte de un deliberado ejercicio de sacrificio libertario o que simplemente te gustaba. Nosotros, cuando queríamos verte más a solas, sin audiencias tertulianas, dejábamos aparcados en la puerta del Self-Service nuestros votos de repugnancia gastronómica y ya te puedes imaginar qué decíamos antes de entrar, sin que tú lo escucharas: Lasciate ogni speranza voi ch'entrate.

 

No creo que ayer cuando te fuiste apresurado, hayas tenido tiempo de fijarte si es cierto que sobre la puerta del infierno de Dante cuelga tan tremebundo mandato. Ya me dirás. Pero estoy seguro que con tu dominio del lenguaje habrás montado ya tertulia. Si por un casual desearas ornar su entrada, te sugiero que pidas prestado a Paul Valéry el poema que luce en la fachada del Palais de Chaillot:

« Il dépend de celui qui passe

Que je sois tombe ou trésor

Que je parle ou me taise

Ceci ne tient qu'à toi

Ami n'entre pas sans désir »

Es el Museo del Hombre. Fue edificado para la Exposición Universal de París de 1937. Estoy seguro que en tu nueva tertulia analizaras a tu audiencia con el claro bisturí del cristal de tus gafas eternas, y dependerá de lo que suceda que seas tumba o tesoro, que hables o te calles. Eso dependerá de ti, porque entrar, estoy convencido que lo harás como siempre. Entrarás con deseo y esperanza.

 

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