EL JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES en la Habitación UTOPÍA

Mural de oro de la Estancia Utopía con el Árbol de las manzanas de oro del jardín de las Hespérides
Mural de oro de la Estancia Utopía con el Árbol de las manzanas de oro del jardín de las Hespérides

Egle, Eritría, Esperia y Aretusa no eran demasiado conocidas por su nombre en aquellos tiempos de la antigüedad en la que la mitología se adueñaba de las estrellas en la noche, mientras los hombres intentaban por el día acercar los dioses a la tierra. Se sabe que ellas vivían felices en los confines del mundo, justo al borde del estrecho que acababa de nacer gracias a la fortaleza de Hércules o Heracles, que de ambos modos se le llamaba según que fuera de un tiempo u otro quien lo nombrara. Lo que hizo que las cuatro hermanas entraran en los libros de la historia no fue siquiera, y ya era mucho, que fueran hijas del grandullón y confiado Atlas, ni tan siquiera que las islas que habitaban fueran consideradas el mayor paraíso de la tierra; lo que las dio renombre, y no era para menos, es que en los árboles que con primor cuidaban, crecían majestuosas manzanas de oro macizo, desde las pepitas hasta su piel dorada.

 

La razón de tal prodigio es que cuando Hera esposó con Zeus, rey de dioses, la Madre Tierra, más conocida entonces por su nombre de diosa Gea, consideró con buen criterio que debía regalar a tan insignes cónyuges un presente digno de dioses y, aprovechando su dominio sobre todos los frutos de la Tierra, decidió ofertarles el preciado regalo de las aúreas manzanas. Hera, tan encantada quedó de aquellos frutos que encargó se plantaran sus pepitas en la mejor tierra conocida, en la más fértil, y ese lugar no era otro que aquel lejano edén fin de todos los jardines de la Tierra, y puso a su cuidado a Egle, Eritría. Esperia y Aretusa, llamadas por algunos las Ninfas de la Tarde por ser oriundas del oeste del mundo, del lugar por donde escapa la tarde cada día. Pero el nombre que las inmortalizó fue, sin duda, el de Hespérides por ser descendientes de Héspero, la primera estrella del firmamento que anuncia la llegada de la noche, la misma que luego se bautizaría como Venus, luz segura que surge del horizonte del cielo allá por el oeste, y quizá por todo ello, hubo también quién las llamó Occidentales y hasta Vespertinas.

 

Las Hespérides bien hubieran podido ser las únicas encargadas del cuidado de tan preciado jardín, pero su afán por quedarse con los frutos prohibidos a poco que en el árbol maduraban, hizo que Hera cambiara de parecer y adjudicó tan delicada misión de salvaguardia a un malvado experto, al dragón por antonomasia: Lado, la fiera serpiente de cien cabezas que escupían fuego. La cruel esposa de Zeus no mandó a tan imponente cancerbero hasta el confín de los mundos por miedo a las frágiles Hespérides, en realidad ya albergaba enfrentar a su fiel Lado con el que, desde el día en que nació, se había transformado en su mayor enemigo, en su vital obsesión: Hércules. La prevención pronto se vio que era fundada, ya que aquel mítico héroe de una época pletórica de mitos, quiso el destino y los dioses que volviera a aquellas tierras del no más allá, a aquel estrecho que él mismo había abierto y señalado con sus dos columnas, para intentar apoderarse de las manzanas del jardín de las Hespérides.

 

El odio de Hera hacia Hércules no era fruto del azar, avatar poco divino para aquellos tiempos mitológicos, sino del hecho de que fuera su propio esposo Zeus el que a través de un mortal lo hubiera engendrado en otro vientre. Por si este acontecer no fuera suficiente para alimentar su ira, tuvo Zeus la ocurrencia de poner al recién nacido a amamantar el pecho de Hera, aprovechando el sueño de su esposa. Esa leche robada a la diosa dio la inmortalidad a Hércules, pero también fraguó el destino de que el undécimo de los míticos doce trabajos que tanto renombre le darían, fuera, precisamente, por encargo de Euristeo, robar de los jardines del fin del occidente el bien más preciado de su madrastra Hera.

 

Cuando Hércules se lanza al mar a cumplir la misión más importante de su vida, ni tan siquiera sabe dónde se hallan las manzanas. Cree que en Macedonia o en lliria encontrará la pista del camino, pero sólo halla conjuras y peligros. En pleno centro del mar, en la desembocadura del Po, entonces llamado Eridano, las ninfas que lo pueblan al fin le informan que el único ser que conoce el camino que el ansía es Nereo, dios del mar. Con la información que de él obtiene recorre la tierra entera, pasa por Libia, Egipto, y llega incluso hasta el mar exterior y lo navega encima de la Copa del Sol, buscando a Prometeo, sin saber a ciencia cierta para qué lo busca, siguiendo simplemente su destino. Cuando lo encuentra al fin, encadenado a su roca, obligado cada día a dejarse devorar por un águila el hígado que indefectiblemente vuelve a crecerle cada noche para poder ser así de nuevo devorado; Hércules, no sin esfuerzo, destruye al pestilente pájaro y se gana la confianza de Prometeo que al fin le indica el último tramo que ha de recorrer para culminar su undécimo trabajo. Al fin del mundo, en la barrera del Océano proceloso y tenebroso, se alza majestuosa la figura de Atlas o Atalante. No hay pérdida, le dice Prometeo, mira para lo alto y enseguida verás en la cima de las montañas que encajonan el estrecho, la cansada figura de Atlas cumpliendo su condena, llevando sobre sus hombros la pesada bóveda celeste. Él es el padre de Las Hespérides. Ellas moran en unas islas del finisterre que algunos llaman el paraíso de los Atalantes. Allí está el jardín que atesora las manzanas.

 

Hércules ya tiene frente a sí a Atlas, pero para entonces ya sabe el héroe de los héroes que el Dragón vigila día y noche los frutales y que no hay dios ni mortal que haya logrado traspasar jamás las lindes del edén de las Ninfas de la Tarde, así que agudiza su ingenio, noble arma, y convence a Atlas de que está dispuesto a soportar la terrible carga del firmamento a cambio de que el Atalante vaya al jardín de sus hijas y aprovechando su buena relación de vecindad con el feroz Lado, logre engañarlo. Atlas cumple a rajatabla lo pactado, llegando incluso a destruir a la serpiente de las cien cabezas, más cuando vuelve con los preciados frutos, comunica a Hércules que lo ha pensado mejor y que será él mismo quien lleve las manzanas de oro a Euristeo y que, por tanto, lamentándolo, tendrá que ser el propio Hércules quien sujete el firmamento hasta el fin de los tiempos. El hijo de Zeus, conocedor de la poca perspicacia del gigantón Atalante, le dice que acepta su destino, pero que sólo le ruega que le permita colocar una almohadilla en sus hombros para hacer más llevadera de por vida tan pesada carga. Atlas considera razonable acceder a tan pequeña demanda y vuelve por un instante a sujetar el cielo para que así Hércules coloque el cojín sobre su cuerpo, momento que el héroe aprovecha para recoger las manzanas del suelo y dejar de nuevo a Atlas cumpliendo para siempre su condena... De hecho aún puede vérsele sobre el Estrecho, en lo alto del Atlas, rodeado para siempre de sus nubes.

La Estancia Utopía del Hotel rinde homenaje con un mural de oro del  árbol de las aúreas manzanas al sueño alquimista y utópico de los héroes de la mitología en sus hazañas por estas tierras.

 

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