Las Tertulias del "Puerto Real"

Hubo un tiempo en que las tertulias eran un modo culto, saludable y crítico de hacerle un recosido al ocio, charlando y escuchando, en compañía de otros amigos del diálogo, los temas que de modo crítico y creativo abordaban cada tarde, en el mismo local y hora, en torno a café y copa, materias de actualidad o simplemente de debate o de proclama. España ha sido país proclive a esta saludable práctica hoy casi perdida. ¡Cómo no recordar la tertulia del Café Pombo con Gómez de la Serna al frente o la del Café Gijón que tanto inspiró a Don Camilo para La Colmena o la que yo viví tantas tardes en La Boule D’Or del barrio latino de París en los 70 con el represaliado y genial Agustín García Calvo!

Cádiz, con su acendrado espíritu dialogante y liberal, ha tenido en su historia tertulias de postín. Todavía queda huella de los debates que albergaron los salones gaditanos de principios del XIX, llamados salones franceses, teñidos de recién conquistadas libertades burguesas al hilo del romanticismo constitucional del doce. Pues, por sorpresivo que para algunos pueda resultar, Cádiz ha vuelto a reinventar la tertulia y, además, de un modo pasmosamente singular.

Las tertulias del “Puerto Real” son las que se celebran a diario en el Hospital Universitario de este bello pueblo gaditano. Se trata de un Hospital referente de calidad por el alto nivel y profesionalidad de su personal sanitario pero que soporta estoicamente tener que compatibilizar su crítica y delicada actividad médica con el insólito experimento que les viene impuesto de ser un “Hospital de puertas abiertas”. De tan novedoso que es el experimento tertuliano puede que sea necesario explicar el funcionamiento, para que ustedes mismos juzguen hasta donde es capaz de llegar la inventiva de los seres humanos en defensa de la tertulia.

Los salones de tertulia del “Puerto Real” son todas sus habitaciones, en torno a cien. Pero no piensen que se trata por tanto de cien tertulias diferentes, “Puerto Real” tiene más del doble, dado que cada una de dichas habitaciones alberga dos o tres anfitriones encamados y entubados, allí llamados pacientes. Cada salón no es muy grande, en torno a 20 metros cuadrados, pero alberga como puede que no es mucho, dos o tres camas, una por anfitrión, tres sillones, tres sillas, huecos por el suelo para sentarse, y un baño y una ducha para todos, que pueden llegar a ser entre 20 o 30 tertulianos por salón más los pacientes. Como todo salón de tertulia que se precie, unos tienen más nombre que otros. Aquí recomendamos, sin duda, los salones de tres anfitriones, como el afamado 204, con un ambiente insuperable. No hay horarios ni de apertura ni cierre, aunque las tardes son más animadas. Los anfitriones llamados pacientes no pintan mucho, la verdad, pero son el banderín de enganche, la disculpa para que pasen por la tertulia, deudos, deudores, familiares, novios y novias, transeúntes, vecinos y curiosos. Los temas de la tertulia no suelen ser de honda relevancia cultural, pero sí de sabia y ancestral nutriente popular. El tema estrella es la medicina de divulgación, incluida la memoria popular de óbitos y desgracias por dolencias similares al del aterrado paciente que las escucha, pero cuenta con mucha aceptación temas menos comprometidos como el mundo taurino, las ferias, los galgos, las tagarninas y el puchero. Cada salón del “Puerto Real” es como un remedo concentrado de la plaza DJemaa El Fna de Marrakech. Son espacios mágicos. Allí puedes encontrarte con dos niñas que se hacen hueco entre la muchedumbre del Salón para bailar sevillanas vestidas de flamencas, a aprendices de magos, a jugadores de póker, a vendedores de estampitas de Santa Rita, a ordenadores a todo volumen con visionado de conciertos de rock, a tertulianos que organizan su comida y se la engullen delante justo del anfitrión paciente sujeto a dieta absoluta, a contadores de cuentos y chistes a carcajadas en la hora de la siesta, a trifulcas hereditarias entre familiares ya avanzada la noche, a que algunos tertulianos, ante la leve sugerencia de silencio por parte del paciente que está más p’allá que p’acá, le recriminen en voz alta su falta de tolerancia a los derechos de los visitantes, o a las airadas protestas si el personal sanitario osa sugerir que alguno o todos de los anfitriones del Salón las están pasando moradas con tal ajetreo festivo y tertuliano y que se debe bajar la voz o salir del Salón.

Hay adictos a las tertulias del “Puerto Real”. Vienen a pasar la tarde y recorren casi todos los salones buscando un vecino de su pueblo, sintiéndose a veces defraudados: ”Parece increíble que hoy no haya nadie ingresado de Chiclana”. Conviene remarcar que los salones, sin que estén cuidados de primor, no andan mal de instalaciones y por tanto resultan atractivos para algunos: calefacción en invierno, aire acondicionado en verano, tele de pago –por el anfitrión - y comida y bebida que sirve la organización a los pacientes y que es muy fácil de despistar. Como el acceso a los Salones es absolutamente libre a cualquier hora del día y de la noche, ¡sólo faltaría!, entran a veces, camuflados de tertulianos, amigos de lo ajeno, así que conviene andarse con cuidado, pero eso pasa en cualquier bar que se precie.

A fuerza de años y miles de tertulias en el “Puerto Real”, se ha creado un uso social específico. Cuando un paciente tiene el no buscado honor de tener cama en un salón doble o triple, comienza la función. De inmediato se comunica la buena nueva a todos los posibles interesados en la tertulia. Los olvidos se pagan, pueden ser interpretados como desconsideración del anfitrión hacia un sector familiar, laboral o vecinal. De igual modo, es espantoso no acudir al Salón si has sido invitado a pasar varias horas de tertulia. El estado del anfitrión-paciente tiene interés un rato, es como el protocolo obligado para dar comienzo la tertulia. El paciente suele hacer el máximo esfuerzo que su débil salud le permite por aparentar que está en buena forma y que su cama no es de hospital sino tumbona de primera clase en el Queen Mary de los treinta, pero si desfallece y cierra los ojos, se pasa de él y prosigue la tertulia. Si esto sucede con el “propio” anfitrión, pueden ustedes imaginar la nula atención que merece el estado de los pacientes de las camas de justo al lado, máxime si en ese instante carecen de tertulia. Con un poco de suerte, en la misma visita se puede acudir a varias tertulias en diferentes salones, con el ahorro de tiempo que eso produce.

El personal sanitario convive con esta impuesta cultura tertuliana como puede. Si es doctor o doctora, ordenan tajantemente el desalojo del Salón mientras ellos están dentro, y hay tendencia a que las masas tertulianas obedezcan, pero si son auxiliares depende del carácter autoritario del sanitario y del grado de interés que en ese momento tenga la tertulia.

Avanzada la madrugada, los Salones del Puerto Real languidecen, y los enfermos anfitriones recuperan como pueden las fuerzas para la paliza que les espera al día siguiente. Hasta que avance la mañana no será repuesto el material de baño usado por los tertulianos, ni limpiado ni aireado el baño y el Salón aunque hayan podido pasar por él, tranquilamente, más de 50 personas diarias, en algunos casos.

A estas alturas de la crónica, supongo que reconocerán conmigo que la iniciativa de las tertulias del “Puerto Real” es, cuando menos, original. Sin embargo, humildemente, creo que mejorable. Dado que el Hospital es de “puertas abiertas” y eso está más que claro que lo es, con un leve esfuerzo adicional, se podría lograr que fuera también centro de interés turístico nacional. Sin afán exhaustivo van unas cuantas ideas: con motivo del Trofeo Carranza, barbacoa en cada salón, con lo que supondrá de ánimo festivo para los pacientes, pudiéndose aprovechar para quemar el mobiliario obsoleto del Hospital que es bastante. En verano, sardinadas los sábados y domingos. Los carnavales han de tener su espacio reglado de coros y chirigotas en los Salones y, por supuesto, en el Doce hay que traer tertulianos de postín internacionales.

Sólo, ya conocen ustedes mi incurable afición a la crítica, una leve pega que en nada debe empañar la magnificencia del invento. Se trata de que la política de “puertas abiertas” llegue también a los despachos y dormitorios de los funcionarios y políticos que alumbraron tan revolucionario sistema hospitalario. Estos servidores públicos, en coherencia con sus ideas radicalmente aperturistas, deben permitir el libre acceso de tertulianos, pacientes y sufrido personal sanitario del Puerto Real a los despachos e instalaciones donde estos señores fraguaron el invento y a sus propios dormitorios familiares, máxime cuando la mayoría de ellos disfrutarán de la salud que los anfitriones pacientes del “Puerto Real” por desgracia no cuentan.

 

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Comentarios: 5
  • #1

    Sandra (domingo, 22 mayo 2011 22:16)

    ¡Chapó!

  • #2

    Rafa (miércoles, 25 mayo 2011 21:29)

    Alguna corriente de pensamiento sanitario promueve las relaciones sociales como terapia para el paciente, pero cuando este se convierte en la excusa para la terapia de acompañantes, vecinos y paisanos, apaga y vamonos corriendo del hospital de Puerto Real.
    Buen y divertido blog. Miguel, ánimo y sigue escribiendo.

  • #3

    Alguero (jueves, 02 junio 2011 20:01)

    Lo he distribuido por cuantas partes he podido.
    Un éxito de crítica y público.

  • #4

    Nicolas (sábado, 04 junio 2011 23:48)

    El Doce de Octubre,referencia del Sur de Madrid, ha adoptado el mismo sistema de tertulias del Puerto Real. Lo que no se, es si es una franquicia o paga royalty por ello.

  • #5

    Enrique de Hoyos (martes, 12 julio 2011 09:29)

    Te felicito Miguel, porque a pesar de los tertulianos y quiero pensar que gracias a la buena praxis médica, has recuperado un estado de salud que te ha permitido salir airoso de Puerto Real.En mi experiencia como médico, recuerdo que antes, cuando no existía la política de "puertas abiertas",y gracias a la picaresca más sofisticada los tertulianos conseguían colarse y el personal sanitario tenía que pasar buena parte de su jornada espantando visitantes. Cre que es un problema genéticamente ligado a la raza hispana.
    Un abrazo Miguel
    Enrique de Hoyos