La forja de un contrabandista

En la primavera del 75, nuestra Galería Multitud de Madrid seguía rompiendo moldes y agolpando ilusiones en torno a una bendita ilusión quimérica, hoy cabría decir utópica: “en esta tierra maldita no hay bandos”, que había dicho el poeta, y nosotros añadíamos: “cierto, ahora sólo hay un afán colectivo de cambio”. El general se empeñaba en desmentirlo, pero allí en Multitud llevaba colgada dos meses en las paredes la memoria viva de Federico y su Barraca y nadie parecía que se atreviera a prohibir ni a eliminar de nuevo su presencia, y eso que en aquellas tardes de invierno miles de gentes de España sin bandos pero harta de polvo sobre las espigas, como había proclamado León Felipe, se agolpaba en Multitud para ver las imágenes de las representaciones del teatro de La Barraca y los telones de Alberto y las escenografías de Benjamín Palencia y los figurines de José Caballero y las fotos murales de La Argentinita y de Buñuel y por supuesto de Lorca, mientras escuchaban su música al piano o los relatos emocionados de sus coetáneos.

Había que preparar con urgencia la siguiente exposición y decidimos que se llamara simplemente “Cubismo”. Sabíamos que el nombre comprometía a que en verdad y por vez primera en España se exhibieran las grandes obras cubistas de Picasso y Braque y Juan Gris y Julio González y tantos otros. El equipo que alimentábamos tan insólito proyecto de Galería éramos jóvenes, independientes y variopintos, pero con un denominador común que era en si mismo una proclama: lo que se necesita se busca y se trae. Con tan poco sofisticado mensaje pero tan eficaz como nuestra certeza utópica del cambio, inflados del aliento de los vanguardistas de los treinta aún vivos, que eran muchos, lo cierto es que una a una se nos abrían las puertas del miedo y la desconfianza. Por mucho que yo dirigiera aquel tropel de jóvenes locos eruditos, mi conocimiento de las artes era el que me habían proporcionado los Maristas y la Universidad franquista, es decir nada, sólo contaba con el bagaje artístico que arañaba de París cada verano, pero, eso sí, hablaba francés y tan insólita capacidad en esos tiempos, automáticamente me situaba como experto marchante internacional de arte, dado que nadie del equipo farfullaba siquiera otra lengua que no fuera la de la madre patria de la autarquía que nos había visto nacer.

Quedaban pocos días para inaugurar “Cubismo” y las mejores galerías españolas, junto a coleccionistas privados, ya nos habían proporcionado algunas de las obras claves de tan señalado “ismo” de las vanguardias. Creo que fue Alfonso Emilio Pérez Sánchez, insigne catedrático de cátedra, vida, libertad y república, quien señaló que era imprescindible exhibir una obra cubista de la artista cántabra Maria Blanchard, afincada casi toda su vida en París y fallecida allí en el 32. Inmediatamente se aplicó el lema de que lo que se necesita, se busca y se trae, y como en España no había obra de Blanchard localizable, para París y de urgencia se fue el flamante experto internacional de Multitud.

Un fascinante retrato de una inquietante joven levemente descompuesta en mil colores de azul y rosa, me miró por vez primera en la Galerie Melki de París. Lo firmaba Blanchard en 1924. Sus etiquetas traseras informaban que su escueto título era “Jeune fille” y que había estado expuesto, entre otros lugares, en el mítico Salón de los Independientes de París. Era perfecto. Me lo podía llevar y no hacía falta ni pagarlo. Jacques Melki, milagros de Multitud, se fiaba de nosotros. Sólo me preguntó si sabía cómo se hacía para meter obras de arte en la nada artística España aún propiedad del general. Mi respuesta fue: “bien sur”. Realmente, con 26 años de españolito, cinco meses de galerista y dos de marchante internacional, no tenía la menor idea al respecto. Lo que si sabíamos es que era imposible importar obras de arte. El arma del régimen para impedir el dispendio de divisas en la compra de incomprensibles cuadros, llamados obras de arte, y firmados casi siempre por nombres de más que dudosa adhesión a la causa, era el impuesto de lujo. El arte era un lujo y se gravaba su compra-venta con más del treinta por ciento sobre su valor. Ni que decir tiene que las grandes galerías y coleccionistas españoles compraban arte fuera, pero entraba como en su día cruzaban los maquis… de aquella manera.

La manera a mí me la contó Don Fernando, dueño de una importante casa de subastas y que intentaba explicarnos a los jóvenes de Multitud los secretos del arte de comprar y vender arte fuera de España.

– Es muy sencillo, Miguel. Te montas en el Puerta del Sol en París, por supuesto en coche-cama individual, y le dices al supervisor de tu vagón nada más que subas que no quieres ser molestado en la frontera, en la parada que hace el tren para el cambio de ancho de vía, – me aclaró temiendo que ni ese detalle supiera – mientras dejas en su mano con disimulo dos billetes de quinientos francos.

– ¿Nada más? – Respondí, delatando mi sorpresa por tan frágil soporte clandestino.

– ¿Es que te parece poco dieciocho mil pesetas? –Y con una franca sonrisa

protectora se alejó dando por cerrada su breve academia de contrabandista por amor al arte.

 

El Puerta del Sol era un tren fascinante. Guardaba todo el encanto del Orient Express. Era el perfecto escenario para mi estreno delincuente. Mi cabeza no paraba de dar vueltas a qué contar a los civiles si el plan fallaba. Cierto era que la respuesta del revisor ante tan descomunal propina fue: “haré lo posible para que el señor no sea molestado en la aduana”. Y yo la aduana ni la había mentado, con lo cual todo parecía encajar, pero dado que revisores había muchos, yo me preguntaba si es que todos estaban conchabados y aquello más que un tren era un barco sin bandera lleno de piratas trajeados.

Dado que no encontraba modo de justificar a los carabineros, si el plan fallara, qué hacía yo en el tren con un cuadro valorado en cinco millones de pesetas, opté por irme al vagón restaurante a darme una cena de homenaje, previa al previsible bocata de salchichón del calabozo, consistente en una docena de ostras, un steak au poîvre y el exceso de un Dom Pérignon cuyo precio al fin y al cabo, me decía, era muy inferior a la dádiva que acababa de entregar al desconocido ferroviario francés quizá por nada.

 

El cuadro de la bella damita rosa, junto a su impresionante marco, era de un tamaño superior a un metro de altura. Odiosa medida que impedía su entrada en cualquier maleta. Su embalaje era tosco papel y unas cuerdas que servían a su vez de asas. El valioso objeto no cabía ni en el lugar de las maletas que estaba encima de la cama. Con el traqueteo el paquete oscilaba y se caía. Una solución era despojarlo del marco y de las delatoras etiquetas de su gloriosa andadura expositiva, enrrollarlo y alegar que era un retrato de mi prima pintado por mí a todo correr una tarde de Beaujolais en París y que de ahí las extrañas conformaciones de su imagen, pero ¿iba a ser yo el que tirara, en mitad de la noche, a la lunática campiña francesa la gloriosa memoria de una gran obra cubista? Evidentemente, no.

 

Me puse el pijama recién estrenado para aparentar la debida uniformidad de un pasajero de primera clase, mientras sabía que eran pocas las horas que quedaban para Hendaya y muchas más mis dudas y temores.

 

Tumbado en la cama, con perlas de sudor helado en mi frente, veía pasar Francia la nuit y pensaba lo plácidamente dormidos que estarían a esas horas la gente de mi equipo de Multitud gracias a no saber idiomas y quedarse sin disfrutar de las maravillosas experiencias de los marchantes internacionales. De pronto, una idea se abrió paso. Era un disparate, pero al menos tenía la entraña de la vanguardia y el surrealismo. Desnudé a la enigmática joven rosa de su tosco embalaje, la coloqué en la cabecera de la cama, vertical, asomada a su ventana, iluminada por la luz amarilla de lectura, me tumbé del otro lado de la cama y, simplemente, ella y yo nos miramos y nos fuimos dejando enamorar mientras el Puerta del Sol aceleraba su ritmo imparable de marcha y traqueteo a la frontera.

 

Como suele ocurrir tras el amor, debí dormirme. Me despertó el lejano sonido de unos nudillos golpeando la más lejana puerta de mi vagón. Abrí un ojo. Mi amada seguía allí y me miraba. El tren estaba detenido. Era Hendaya. De la noche surgían voces españolas de operarios que bajo el tren cambiaban su ancho de ruedas. Los nudillos se acercaban. Iban de puerta en puerta. Todas se abrían, pasaba algún tiempo, se oía como se cerraban y de nuevo los nudillos, más cerca, más cerca…, hasta golpear ya en el departamento de mi lado derecho. Mi recién amada joven me miraba con más fuerza, como si entendiera el peligro que nos acechaba. Eran varios, lo noté por sus pisadas, se detuvieron frente a mi puerta, algo en voz baja dijeron pero nada sonó, los siguientes nudillos aporrearon la puerta del departamento de la izquierda y el sonido se fue alejando en un magistral estéreo que me sumió en la gloria.

El Puerta del Sol entró en España y dentro de él, triunfantes, viajábamos Maria Blanchard dispuesta a conquistar Madrid como había hecho en los veinte y treinta en París, mi joven enamorada algo más carmesí por tantas emociones que cuando me la entregó de rosa Merlki en París y un joven contrabandista que, para qué voy a negarlo, se sentía orgulloso de estrenarse como maquis por amor al arte y a su sonrojada cubista enamorada.

 

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Comentarios: 3
  • #1

    Rafa (viernes, 11 marzo 2011)

    Preciosas perlas como la del "flamante experto", y esa perfecta descripción de la atmosfera del express de París, hacen de este relato pensar en un buen guión para un buen corto. Enhorabuena Miguel.

  • #2

    Alfredo (viernes, 18 marzo 2011 20:12)

    Pasó en el verano de 1978.Terminé compartiendo una borrachera de Pernod, en el barrio Latino de Paris, con un tipo que no conocía.
    El alcohol, el anonimato y la noche que se prestaba, nos confiscaron el recato y aligeraron la lengua. Me contó que estaba casado y tenia dos hijos, adoraba a su familia, pero que una vez……….No tuve que preguntarle nada , puse cara de interés y me contó. Era revisor de ferrocarril y una noche, haciendo el servicio Paris-Madrid, en el Puerta del Sol, atendió a un muchacho español, que viajaba en coche-cama. Le pareció tan seguro de si mismo, tan insospechable, que se le antojo sospechoso. Llevaba un paquete inmenso, al que prestaba tan poca atención, que le hizo pensar que estaba muy preocupado por él. No sabia porque, pero le caía bien ese muchacho. Además le dio una gran propina, supuso que para que no lo molestaran en Hendaya.
    Lo que no dejaba de intrigarle, me contó, era ese gran paquete. No lograba sacárselo de la cabeza, hasta tal punto, que hizo algo que no había hecho nunca; aprovechó que el viajero estaba en el vagón restaurante, para espiar en su compartimiento. Con sumo cuidado abrió el paquete y ahí comenzó todo;. Se quedó extrañado, embobado, sintió rubor .Fueron apenas cinco segundos. Dejo todo como estaba y salió rápidamente. No entendía que le había pasado, el no sabía nada de pintura ni le interesaba, si hubiera sido una fotografía, lo podría entender. Al principio se negaba a aceptarlo, pero era la atracción más fuerte que había sentido jamás por una mujer. Me explicaba que transmitía, una languidez difusa, como desenfocada, se mezclaban los colores de forma extraña, estaba mal pintada; y que precisamente esa indefinición que lo perturbaba, le daba libertad para imaginarla en mil poses distintas. La podía hacer reír, llorar, amar, gemir.
    Desde entonces no le abandonaba el remordimiento, sabía que no dudaría un instante en abandonar a su familia, tan solo por volver a pasar otros cinco segundos con ella. Intentó explicarme más claramente ese sentimiento, pero no encontraba las palabras. Pensé que quizás no las habría.
    Cuando llegaron a Hendaya, no permitió que los inspectores la molestaran. Les hizo señas de que el pasajero de esa habitación, estaba medio loco y les pasó la propina que él le había dado.
    No consigo recordar la cara de aquel hombre, ni su nombre, ni que hacia yo en el barrio Latino, sobre todo porque en esa época, aun no conocía Paris. Lo que sí recuerdo, es que tenía una buena curda.

  • #3

    Miguel (martes, 22 marzo 2011 20:44)

    Los trenes, sobre todo los de antes, son una galería de espejos en los que, en la noche, se refleja la vida veloz, furtiva.
    Aquel Puerta del Sol tenía alma bohemía y era generoso, a la hora de devolver la mirada en los espejos de sus ventanillas, con quien sobrado andaba de sueños y pasiones.
    Es un placer, Alfredo, que me hables de aquel revisor de la noche y sus secretos, porque gracias a tus palabras las imágenes borrosas del espejo de aquel compartimento, son ahora nítidas y el recuerdo de lo que aconteció más veraz hoy que ayer, más necesario ahora que antes.