María a pedales camino de Orléans

Collage del autor
Collage del autor

Hoy supe que ayer se fue…

Por aquel entonces en que compartí su vida, era un volcán de lava dulce y roja libertad. En los días de vino y rosas de mi primer Madrid, cuando soñábamos que la Complutense era Berkeley, y por las tardes, dueños efímeros de aquella facultad roja de ladrillo, escuchábamos a una dulce hija de catedrático cantarnos qué sucedía cuando canta un gallo rojo, aprendí de María, nada más conocerla, que en verdad tocábamos fondo y que lo blanco es blanco y lo negro es negro, sin grises que valgan por medio. De ella supe que en el Olimpia el lagarto está llorando y que en París un croque monsieur llena pero no alimenta. Con ella de la mano aprendí a labrar la independencia, me enseñó que la lengua es el tesoro que nadie te arrebata si lo cuidas y hasta supe por fin qué escondían debajo las faldas escocesas. También con ella supe lo qué es viajar, como aquel verano que nos arrastró a Paco y a mí con ella a Roma mientras otros se empeñaban en pisar la luna, para saber algo de Dante y de paso de italiano, aunque en realidad aprendimos como en las távolas caldas del Trastévere se paliaba el hambre con mil liras para tres y también como con ella era posible entrar donde nadie podía ni soñarlo, y así, con la naturalidad con que siempre lograba lo imposible, nos introdujo, con ayuda de un familiar agustino, nada menos que en el mismísimo dormitorio de Pablo VI. Allí estábamos, tres españolitos de recién estrenada flagrante apostasía, husmeando en aquel minúsculo cuarto sombrío que por única decoración ostentaba una espantosa calavera en una mesita junto al catre. Aquel verano de poco senso y mucho sexo, Paco nos hablaba del barroco, yo les intentaba arrastrar a Pasolini, y ella, María, simple y llanamente nos protegía a los dos de nuestra galopante inmadurez.

Hoy supe que ayer se fue dando pedales por encima del agua en que buceó Alfonsina…

Por aquellos tiempos en que fui su amor, comprendí por ella que lo que buscas se logra o se roba, pero jamás se suplica y aún menos se mendiga. Así fue que me enteré que la arena de la playa es tuya sólo cuando con tu sudor has levantado uno a uno los pavés. Y así aprendí a ahorrar por el día para gastarlo en vino por la noche esperando que fuera la hora del alba en que cantar la cançó da matinada degustando un tazón de soupe a l’oignon para dos, y así supe que se debe robar para comer, y que a las tardes hay que ir a limpiar oficinas en la Banlieue de París con el noble fin de acumular unos francos con los que irnos al fin del verano a ver en Noruega el sol de medianoche en autostop.

Hoy supe que ayer se fue pedaleando en busca de Marisa…

Marisa y ella, ella y Marisa eran las celestinas de la subversión de Filosofía, cuando el campus aún era campus y la libertad una conquista, no un derecho. Marisa, surrealista. María, pragmática, pero siempre juntas, de fregado en fregado, y yo en el medio, de niño aspirante a ostentoso inmaduro, de jovencito que hablaba de Marcuse sin casi tiempo de esconder a Julio Verne. María y Marisa, siempre enredando, llenando de proclamas surreales las vacías espirales de las caracolas de mi mente. Ellas eran del final de la carrera y yo empezaba en aquella Facultad de Políticas que tan política era que el doctorado se alcanzaba sin necesidad de entrar al aula, salvo para asambleas, juicios críticos, conciertos o para asistir a clase de Don Manuel y ver con tus propios ojos como aquel insigne ex ministro, paladín de los sistemas políticos de las democracias, expulsaba de la Universidad y de España al que en una clase, y dentro del turno de preguntas, osó cuestionar su talante democrático. Así que ellas se licenciaron y se fueron a París de lectoras de día y de vendedoras de Martínez en Ruedo Ibérico por las tardes, mientras yo seguía intentando aprender en cuatro años y en Madrid, lo que me habían hurtado en España en dieciocho. Allí tenía yo su buhardilla en París siempre esperándome. Iba tres veces en cada curso. De Madrid a Hendaya en autostop, como ella me había enseñado. De la frontera a París en tren con el dinero de sacarme sangre en la Concepción, pero una vez en París, eso sí, pagaba ella y yo vivía a cuerpo de rey republicano, aunque a la vuelta de nuevo el mismo rito cansino viajero.

Una mañana, Marisa, delgada, alta, siempre de blanco cual La Duncan, desapareció dos días y dos noches. En su triunfal reaparición dijo que los pasó desnuda, tumbada en el lecho de Fernando Arrabal mientras él paseaba en el entorno del altar sagrado sin tocarla, recitando sin parar versos sin sentido. Quizá fue aquel su punto de no retorno, pero ese mismo verano nos comunicó a María y a mí que de modo inexcusable debía volver a Madrid en bicicleta. Ella de ciclista poco, y menos con aquellas blancas túnicas al viento. En Orléans, a sólo 100 kilómetros de París, se le enredó su blanca tela ya mortaja entre los radios de la rueda y un camión la dejó allí enterrada en la leyenda. Fue el fin de París y mi bohemia, y no mucho después yo también partí.

 

Hoy supe que ayer se fue María, Maríángeles Moratiel, pero me queda el consuelo que aunque hace mucho que perdí su pista, ahora sé que va a pedales camino de Orléans y que si un día me hiciera falta su presencia me bastará hacer autostop para encontrarla.

 

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Comentarios: 4
  • #1

    mabel (jueves, 11 noviembre 2010 04:07)

    cuantas pistas nos da la vida pero...nos empeñamos en ignorarlas, cuantas pistas hemos descubierto, gracias a ignorar aquellas...

  • #2

    Isabel de Armas Ranero (lunes, 22 noviembre 2010 00:27)

    Me ha emocionado este post, Miguel. Aunque no viví contigo ni con María esa época, y nuestros momentos, los veranos que compartimos, fueron algo más tarde, no mucho más,ahora al pasar el tiempo, sé que aquellos años se han convertido en los más singulares de mi vida, y de lo que aconteció entonces, las gentes que conocí y los amigos que hice, ccnservo, el mejor de los recuerdos.
    Besos. Isabel

  • #3

    Javier Gimeno (viernes, 26 noviembre 2010 22:32)

    Tal vez unos años posteriores a esa época, vivimos el sueño de una universidad encorsetada y de un país en transcicón hacia lo que ahora somos, añorando algunos un pasado de luchas con el trasfondo del Mayo francés que nunca conocimos. El episodio que cuentas nos lleva a esos tiempos y resulta envidiable tu forma de contarlo. Gracias por ello.

  • #4

    Juan Antonio Jara (miércoles, 05 enero 2011 13:08)

    Es espeliznante como escribes Miguel!! Entra ansiedad de haber estado allí y compartirlo. Cuando nos conocimos este verano hablaste con tanta pasión de ese Madrid de los 70 que jamás nadad será ya lo mismo sin tenerlo en cuenta. Al final Victoria y yo perdimos tu tarjeta y por tanto vuestro contacto, pero os buscaremos..y os encontraremos. Abrazos desde Huelva. Jara