La Dama del Pérignon

Éramos jóvenes, descaradamente inmaduros. El Sena desbordaba aguas negras y rojas de proclamas que llegaban a esa arena de la playa que de pronto descubrimos escondían los pavés. Fueron 68 noches sin descanso de vino y juventud. 68 cielos estrellados para sentirnos hinchados de sinrazón, empachados de anarquía. 68 besos mal dados cada noche a mi primer amor de besos y sólo besos. 67 noches para apretar mis labios cerrados con los suyos, para abrazarnos de pie vestidos de deseos, para decirle paraules d’amor senzilles y tendres a la rubita de Filadelfia que cantaba a Joan Baez a pie de barricada. Ella, tampoco como yo, besar sabía. Fueron 67 ocasiones apurando el último minuto de amor de la inocencia, a la puerta de aquella residencia de señoritas que se cerraba a la una y media de la madrugada, justo cuando el Metro se paraba y Moustaki nos recordaba qu’il es trop tard. Ese último beso mal dado me suponía perder el tren y caminar dos horas por un divino París desierto hasta mi chambra solitaria de Pigalle, pero lo daba, lo di 67 noches sin dudarlo.

La última noche, la 68, cambié el guión de baguettes y croque monsieur por las callejuelas del barrio latino antes de la sesión de los besos mal dados, y escogí con mimo el lugar de una cena que estuviera a la altura de Paco Rabal con la Belle de Jour de la Deneuve, aunque mi francés fuera aún peor que el de Rabal y mi chica sólo una niña, balbuciente aprendiz de belle de nuit. Me decidí por La Coupole del Boulevard Montparnasse. Era una sala bulliciosa, enorme, alegre, con todo el sabor aún no perdido de la bohemia. El menú, no podía ser de otro modo, fue el más barato posible, aunque con la licencia, que se me antojó obligada, de ostras para empezar. La bebida, consciente de que no era lo ideal, no daba más que para dos copas de Beaujolais.

Y dio comienzo aquella mágica noche de Junio del 68.

Mi primera cena enamorada de París y de mi vida. A poco de empezar mi estreno, llegó sola, mandando por la sala, una dama de larga edad y aún más larga de elegancia, envuelta en sedas y brocados, negra de azabache y noche, como un sueño, como la actriz ajada del cabaret perdido, y se sentó triunfante y solitaria muy cerca de nuestra mesa. Pude oírla pedir ostras Belon, las mismas que nosotros, las suyas del número 0, las más grandes, las nuestras del 4, las más baratas. Pude ver entero el ritual del servicio del champagne que le trajeron. No sé quién era, pero logró que cien personas en la sala ralentizaran su yantar para observarla. Cogió su copa, ingrávida de espuma, y nos miró sonriendo, como si fuéramos los únicos comensales de la noche. Pensé que le encantaba ver como tan jóvenes ya oficiábamos a nuestro modo la liturgia parisina de las noches de ostras y amor de aquel París a la deriva, casi como ella hacía, casi igual más sin champagne. Comenté a mi virgen amante enamorada: parece una duquesa o una artista o la mecenas de un bohemio que sucumbió de absenta. Ella seguía sutilmente sonriéndonos. El Maître de La Coupole empezaba a servirle sus espectaculares ostras en la mesa, cuando, de pronto, señalándonos con discreción, algo le dijo que supe nos concernía. El viejo garçon, con una sonrisa franca y hasta tierna, tanto o más que la del Maître de Casablanca cuando ve a Bogart ordenar perder dinero en su ruleta, se acercó a nosotros con la cubitera, el hielo, dos copas y el Dom Pérignon de aquella dama. Nos explicó que la señora, de extraño nombre que a alemán sonaba, solicitaba nuestro permiso para invitarnos. Ella nos observaba discretamente divertida. Yo, feliz y avergonzado, devolví con agrado la mirada y creo que llegué a asentir con mi cabeza. Él llenó nuestras copas. Brindamos sin levantarnos con la negra dama que, en poco más que lo que un instante dura, sorbió las ostras y su copa y se levantó para irse. Turbado o enamorado o las dos cosas o ninguna, que no tenía criterio para saber qué me pasaba, la lancé un tímido beso con mi mano casi adolescente, intentando jugar a señor curtido en cabarets. La dama, magistral, sin perder su enigmática sonrisa, me indicó con un gesto de sus ojos que mi amada no era ella, sino mi niña rubia americana.

Aquella última noche del 68 volví a perder el tren, pero abrí por fin mis labios y allí de pie, abrazados a la puerta de su residencia, aprendí a besar y me pareció que su cabello era negro, que sus tejanos una falda al vuelo de los azabaches que mostraban su deseo y que su boca era una turba de ostras y champagne dispuesta a devorarme. Nunca más las vi. No recuerdo sus nombres, pero puedo asegurar que el champagne era Dom Pérignon y la cosecha del 60.

 

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Comentarios: 1
  • #1

    cHiQui (martes, 28 septiembre 2010 00:04)

    ¡¡¡has estado enorme, Miguel!!! Pero mejor fue la noche que escuchamos esta historia de tu boca al ritmo de un tal Gardel...yo te conté mi historia, mucho más glamurosa que la tuya...si te acuerdas iba a ver a mi amada en vespino...