El Cap de frutas de Mata Hari

Mi abuelo fue abuelo de un niño de aquella triste España que para nosotros, los niños, era sin embargo alegre, como alegre era el calor de los cortos veranos que mataban el largo frío de los sabañones. Mi abuelo me decía que en sus tiempos de Maître del Palace de Madrid, la ciudad bullía en torno a sus mesas con el frenesí de unos tiempos de cambios y entreguerras en una España sin más cambios ni guerras declaradas que las gloriosas gestas en Marruecos que los generales organizaban descorchando, generosos, champagnes en el Palace.

Mi abuelo me contaba que, en aquel su Palace, la noche se liaba con el día en eternas volutas, como la piel de la naranja que magistralmente él pelaba en el aire, con cuchillo y tenedor de alpaca, como en su día lo hizo con la plata, para asombro de aquel niño de una época sin platas ni naranjas de la china que pelar al aire cual volutas.

Mi abuelo era pobre, o al menos eso a mí me parecía, y por eso yo ansiaba su compañía, porque le importaba un rábano si iba despeinado o aseado, el qué dirán o el que decían. Liaba tabaco en una rudimentaria máquina que a mi se me antojaba sofisticada, y luego lo vendía a perra gorda. Tenía entrada gratis a los toros porque algunos apoderados aún recordaban sus cócteles del Palace, y allí me llevaba, a la plaza de León por ferias, a fardar de nieto con aquellos gordos sudorosos de sombrero, y les contaba muy serio que yo quería ser torero, mientras la grana de mi vergüenza embozaba mis mejillas.

Mi abuelo se perdió hace mucho, y sus clientes, y aquel tiempo, y hoy, no se por qué, ha vuelto y me apetece decirle que el Cap de frutas que nos hacía, el mismo que decía que preparaba y servía a Mata Hari, estaba buenísimo, y que de las noches de aquellos veranos tan cortos de mi infancia, me queda el recuerdo de su pícaro guiño, a escondidas de mi madre, cuando le decía que el Cap, habiendo niños, no llevaba coñac, sino gaseosa. Creo que Mata Hari, el Palace, y el Cap de coñac de mi abuelo fue mi primera sospecha de que habían existido otros tiempos menos gloriosos y más divertidos y canallas que mis tiempos de niño de posguerra.

 

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