Diálogos de Amor en el Estrecho II

LOS FAROS DEL ESTRECHO

 

... Desde una playa de Barbaría

 

-¡Ahí está! ¿Ves bien, hijo de mí y de Barbaría, los montes que tras el agua pierden sus picos en la bruma? Esas tierras, que al alcance de tus dedos y tus juegos parecen esperar tus correrías, son sin embargo Europa, y entre ellas y nosotros ya no hay islas de atlantes en las que apoyar tu salto, ni el Corán al abrirse tiende un puente entre las dos orillas como sucedía antaño, ahora están en la otra margen del estrecho, propiedad del sur del otro continente. Allí se fue tu padre no hace tanto... ¡Hace tanto!

Y el niño de ojos grandes, de piel oliva clara, mira las cumbres de sus juegos, y luego contempla las pequeñas olas de su mar en calma, y sigue abriendo la mirada, y cree entrever los jardines del más allá del agua, y sabe, incluso, dónde está la carretera que en la noche deja ver los faros de un auto que hace señas. Puede, piensa, que es su padre que ya vuelve.


... Desde una playa de Zahara

 

-¡Mira! ¡Mira! Ya ha encendido el farero de Africa su faro. ¿Lo ves bien, hijo? Fíjate bien, son cuatro destellos y un avemaría. Es el Espartel de nuestros barcos, la luz que guía a tu padre cuando sale. Es más fiel y certero que la luna, él nunca duerme. Mientras luzca el faro que África nos presta, la barca está segura. Puedes dormir tranquilo vida mía.

Y el niño se maravilla de que ese hombre amigo de su padre, que tiene la fortuna de ser el dueño de un faro, rece tanto. Porque es verdad, como siempre, lo que su madre le dice: cuando acaba el avemaría... fíjate... uno, dos, tres y cuatro. Y quiere el niño de los ojos grandes, pasar una noche en blanco acompañando al farero, pero siempre cae rendido, aunque él está seguro que mientras duerme, todo el estrecho, en la mar y en sus dos costas, reza y cuenta, cuenta y reza.

Escribir comentario

Comentarios: 0