María Teresa León

La última noche en que se perdió por la arboleda

Fuimos a Roma buscando a Rafael Alberti para convencerle de lo que más le gustaba que alguien le convenciera: que antes que poeta era pintor. Era el verano del 75. Rafael reinaba en el corazón del Trastévere romano. Afortunadamente no había obra pictórica suficiente para montar una antológica suya en el Madrid recién liberado del oprobio, con lo cual siguió siendo escritor. Nada impedía en aquella Roma aún presa de Fellini, y tampoco su avanzada edad, que Rafael oficiara de poeta divino, de galán enamorador de jóvenes y nerviosas periodistas, de iconoclasta de ese exilio que ya al fin se le escurría como el agua por el puño, de referente reverenciado y respetado por la cúpula de la delincuencia romana que allí, en el barrio, también moraba. Mi coche, como era obligado para todo españolito que en el corazón de Roma osase penetrar motorizado, había sido concienzudamente desvalijado al lado del Vaticano, así todo quedaba en casa. Fue enterarse Rafael, y con una naturalidad pasmosa marcó un número de teléfono, dio dos datos vaya usted a saber a quién, colgó y siguió hablando de pintura, haciendo sólo un breve inciso para comunicar que en menos de media hora llevarían a su casa todo lo robado. Rafael era para entonces grande, era fuerte, era querido y le encantaba demostrarlo. Rafael se dejaba admirar de todos y no hacía ascos al querer de todas a las que él previamente hubiese seleccionado. María Teresa no estaba.

Por la tarde nos fuimos con él al pequeño pueblo de Antícoli Corrado, su segunda residencia. Y allí apareció María Teresa, en el breve jardín de la humilde y hermosa casa de verano, rodeada del sabor del Lazio y el olor de las olivas. Eran fiestas. Rafael, nada más llegar al pueblo, había cerrado el telón de su ya algo monótono donjuán romano y había entreabierto, con bastante menos pasión escénica, el palco en que tranquila y plena descansaba la mirada de su compañera: “mira María Teresa qué jóvenes son, vienen de España a por nosotros”. María Teresa sonreía sin cesar e insistía en su pronta entrada a lomos de caballo blanco por la Puerta de Alcalá, para allí, desde lo alto, salvar de nuevo al Museo del Prado que ella ya había salvado. Sus dos melenas blancas parecían curtidas de igual urdimbre de exilio desgarrado, pero la de María Teresa era más eléctrica, sin rayas ni peinados, sólo quebrantos.

Llegó la noche y la cena. Quien menos hablaba era ella pero daba igual, ya hacía horas que se había adueñado del mundo. Cada palabra suya, por incomprensible o desconectada que sonara, nos devolvía a todos, también a Rafael, al mandato de la autoridad intelectual y moral de la España que ella seguía representando allí donde estuviese. Comenzaron los fuegos artificiales de fin de fiesta  en lo alto de Antícoli Corrado. María Teresa León se levantó de la silla metálica y algo oxidada del jardín, y comenzó una arenga. Quizá la última. “Esos truenos no anuncian nada bueno” “¡Cuidado… pueden descubrir nuestra posición!” “María Teresa, no son truenos ni rayos, son fuegos artificiales” corregía sin demasiado afán Rafael. Poco o nada le gustó esa matización. Se creció, erguida, con la luna elevando su costado, mirando hacia lo alto, con el micrófono de la vida colgando del plató del valle: “¿Pero no veis que son rayos? ¿No veis que iluminan a ráfagas la arboleda hasta perderse?”

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Comentarios: 4
  • #1

    Pancho (miércoles, 24 febrero 2010 11:02)

    Qué interesante y que gozada encontrar este tipo de cosas en la web de un hotel (en vez de sombrillas y colchonetas!

  • #2

    Joaquín (jueves, 25 febrero 2010 20:36)

    linda historia, genial escrita...
    un abrazo

  • #3

    Rafael (viernes, 26 febrero 2010 20:52)

    Sorprendente historia y gozoso lirísmo el de Miguel, que alto pones el nivel.

  • #4

    Vera (sábado, 27 febrero 2010 11:25)

    Bellísima historia, no me canso de leerla. Gracias, Miguel, por compartirla. ¡Queremos más!