EL BLOG
Por Miguel Ángel Fernández, creador de Utopía
vie
03
feb
2012
WHEN LOS DELINQÜENTES GO MARCHING IN
A Marcos y Diego que dicen que se dice que se van sin Los Delinqüentes.
No sé muy bien que hacía perdido yo cerca de los muelles de Nueva Orleans aquella fría mañana de Febrero de 1932, justo delante de la puerta ya cerrada del Daddy Bar. Supongo que la noche traidora de la música del blues hasta allá me habría secuestrado. Buscaba un tranvía que me devolviera a la civilización de mi hotel y me acerqué a preguntar a un grupo de músicos que levemente me recordaba haberlos escuchado tocar esa noche y que aún blandían en sus manos sus ahora quedos instrumentos. No me hicieron caso alguno, es más creo que ni se enteraron de que allí estaba y les preguntaba. No paraban de hablar en voz baja y bajo sus bombines. Hablaban de uno en uno y los demás bombines asentían, En realidad, todos decían lo mismo. Al parecer corría el rumor de que había muerto un músico, su mejor garganta, el que anoche no estaba con la banda, el que era tan paria y tan negro como ellos, pero del que se decía que su voz era más blanca y rota que el tizón, quizá la mejor de la peor zona de Orleáns. Era el líder del grupo de aquellos delinqüentes callejeros de música arrancada a jirones de humo en los antros en que les dejaban tocar, que eran todos donde no cobraran. Era la voz, el líder del grupo, aunque daba igual su nombre, la banda era para disfrutar, era propiedad de los sin tierra, de la buena gente, no se glorificaba ni jamás grabó un disco. Su único orgullo, del que sí que se vanagloriaban, era haber crecido en la acera de enfrente de la Academia de la Música de Orleáns sin jamás haber entrado en ella.
Aquella insólita, fría y húmeda tertulia portuaria y de arrabal, fue creciendo con la llegada de esos personajes, vampiros sin féretro, que la noche escupe de sus antros cuando la luz rompe la magia del humo y de la música y se pegan a quien sea con tal de no reconocer que se cerró la luna. Así nos fuimos enterando, a trompicón de rumor, que murió sin más, porque le dio la gana y uno decía además que eso se lo oyó decir a quien dicen que se lo dijo esa noche y que esa mujer dijo también que el de la voz de tizón le dijo que había decidido esa noche no levantarse más, que hacía demasiada humedad y faltaban demasiadas noches de luna oculta por las brumas, para los conciertos de calle del verano.
Los músicos de los bombines, que eran el resto de la banda y que según rezaba un rótulo sobre la piel del bombo que a la espalda llevaba el más fornido de ellos, se llamaban The saints, ya no hablaban, solo movían los bombines, juraría que a ritmo de blues, aunque su intención fuera comunicar que se enteraban y asentían sobre lo que oían, decidieron al fin emprender su marcha andando hacia la barraca de madera ajada en que cada mañana ensayaban y que era precisamente el aposento del que faltaba.
- ¿Puedo ir con ustedes? Pregunté al único músico que parecía tener un mínimo don de palabra.
- Como usted desee, no anda lejos, pero le advierto que allí vamos a ensayar como todas las mañanas antes de acostarnos, que hoy él tendrá además ganas de hacer música si es verdad que anoche decidió dormir.
En esa húmeda mañana del invierno de Orleáns, seis negros con bombín e instrumentos mudos en sus manos, junto a un blanco desconcertado, con mi Panamá ajado que escondía mi resaca y confusión, enfilamos hacia el fin del mundo de Orleáns, que la verdad no andaba lejos, porque ya la noche nos había confinado en la frontera del fin.
Ya antes de entrar a la barraca, un grupo de jóvenes, niños y mujeres, apoyados en las tablas de sus muros, confirmaban con sus miradas huidizas lo que el mundo paria y garrapatero de la noche de Nueva Orleáns sabía. Los músicos impávidos, incluidos sus bombines, se abrieron paso entre ellos mientras el lacónico portavoz de la banda les decía “Perdón, dejen pasar, vamos a ensayar”, y así fue como sin más entraron.
Una mujer madura y atractiva, al parecer cubana, me dijo en español con la confidencia de un santo y seña de trinchera: “ellos saben la noticia, no se crea, pero de esas muertes repentinas de músicos a veces se resucita, yo conozco muchos que han vuelto a la vida del son en Cuba, pero esta vez. ¿sabe vos?, esta vez no, esta vez está muerto y con él la Banda.
Cerraron la puerta y por la ventana del chamizo vimos como le rodearon de pie, impávidos, en silencio, cada músico con su instrumento en las manos. Pasó el tiempo, cerca de dos horas. Por fin alguien habló, era el trombón de varas, el portavoz, el de siempre, el único que en realidad hablaba, y dijo en voz alta el epitafio que todos querían decir y no podían: "vamos".
Subieron al santo con cama y todo encima de una carretilla allí mismo diseñada y creada con unas tablas y unas grandes y delgadas ruedas de antiguo coche robado de bebé. La mortaja móvil la empujaba un niño de trece años que dicen que era aspirante a trompetista. Detrás los músicos y detrás los que no teníamos otra misión que ser los de más atrás. Eran las 11, 45 de la mañana húmeda de Nueva Orleans. El cementerio estaba a sólo media hora andando.
Comenzó el concierto, el último, el de la despedida, el del sabor de melaza, el de alegría y llanto de felicidad porque allí todo el mundo sabía que nadie nunca, jamás, podría enterrar la música de Los santos en silencio, y aún menos con arengas, escritos o epitafios. Al principio se nos sumaron pocos. Su ruta era justo la contraria al cementerio. El tema era el mismo, una marcha que marchaba sobre ruedas, que crecía de tonos sobre el barro, que perforaba de viento la humedad, que abría las ventanas del silencio, que sumaba a la alegría gentes y más gentes...
Oh, when the saints go marching in
Oh, when the saints go marching in
Lord, how I want to be in that number
When the saints go marching in
Yo creo que llegamos a ser unos doscientos los músicos y acompañantes que al día siguiente llegamos al cementerio, sin cesar de tocar y cantar la misma marcha, más o menos a las 11,45 de la mañana, tampoco más.
Nunca se publicó la noticia de aquella muerte, no hubo poetas que glosaran su memoria, ni discográficas que recuperaran sus éxitos jamás grabados, ni explicación alguna coherente de por qué aquel músico decidió no esperar el calor del verano y de su música, pero de aquel concierto íntimo, improvisado, repetitivo hasta el agotamiento, interminable, jamás se dejó de hablar. Pasado el tiempo, el concierto se hizo leyenda y llegó el momento en que toda América parecía haber estado en aquella marcha postrera delinqüente. Y es hoy aún, y mira que ha pasado el tiempo, y la noche y los inviernos y la humedad, que nadie sabe en realidad quienes eran los santos, pero medio mundo estuvimos en aquella marcha de los santos garrapateros que aprendieron música y vida en la acera de enfrente de donde se aprendía a cubierto y pagando.
Cada uno de aquellos santos delinqüentes se fueron al día siguiente en un vapor de ruedas diferente por el Misisipi. Pero el adiós o el hasta luego o el vaya usted a saber qué les deparó la vida...no fue una arenga, ni un manifiesto, ni una esquela, fue una fiesta, una marcha interminable de música, vino y juventud en una noche húmeda de invierno.
Sería para Utopía el mayor honor de sus seis años de existencia que estos santos que ahora dicen que hay quien ha leído que han dicho que adiós o que hasta luego, fuera la calle eterna de New Orleans donde una banda de santos garrapateros dijeran adiós sin decirlo sólo marchando por encima de la música y de la emoción de al menos cien o doscientos amigos.
Así será como el Wikipedia del siglo XXII dirá al final de la crónica de Los Delinqüentes: ... cuando en febrero del 2012 aquel mítico grupo de comienzos del Siglo XXI, decidió dar por terminada su carrera conjunta, escogieron una pequeña sala de un pequeño pueblo gaditano que nunca tuvo colegio de pago y en la que algunas noches habían sido felices, quizá porque estaba anclada para siempre en los muelles de la Utopía del Orleáns de los treinta, para celebrar entre amigos, con su música y sus verdades de barqueros de niñas bonitas, su despedida sin palabras, mientras una banda de jazz les recibíó en la sala con el mítico When the Saints Go Marching In, que se repitió, muy avanzada ya la madrugada, como himno de la música a la despedida de su alegría.
Este blog es ahora, al escribirlo, sólo una utopía, pero también lo fue que un gorila subiera en los años treinta a lo más alto del Empire State con su rubia amada, y la verdad es que subió y todos lo vimos.
mar
21
jun
2011
El tiempo detenido de Erentxun y Utopía
Mikel llega a Utopía cargado del alimento que nutre la bohemia: intentar ser feliz haciendo simplemente lo que su cuerpo levemente desmadejado, su voz de ajado terciopelo de cortina roja de escenario y su mente firme de creador de antojos y sueños efímeros, le pide. Nada más y nada menos. No valora mercados ni oportunidades, no echa cuentas de más rentabilidades que no sea el ritmo de sus cien latidos de alas de gaviotas en la sien, no mide más compás que el que le ofrece y arropa la sala repleta de otras vibraciones tan bohemias o más si cabe que las suyas, y es que no existen para él otros mundos más reales que su utopía, que es también la nuestra, desde que entra en ella hasta que se va por un tiempo, corto, anudada su garganta de lazos de emoción.
Son días y noches de vino y juventud, que transcurren por encima de la edad del tiempo.
Son noches y madrugadas de enredos de cuerdas de amor y sudor pegados al cuerpo de mujer de sus guitarras, por encima incluso del amor de los poetas que dicen fue para el que se concibió la noche y sus canciones.
Son madrugadas y amaneceres de recuerdos que no pueden asentarse porque viene otro día y otra noche y otra madrugada y la bohemia vive, y la pasión impregna la utopía, y todo el pequeño cosmos de utopía es erentxun y hasta johnny cash o dilan o elvis o marta o eva o francisco… son también erentxun, y todos somos con él carne desnuda y palpitante de placer, bohemia y utopía.
Impresiona lo que aquí sucede y hasta tiene un halo de misterio, porque da igual lo que cante o lo que diga o lo que aplaudamos o lo que contemos, la barra libre del tiempo detenido está abierta y nadie queremos perdernos un segundo de emoción contando miserablemente los minutos, porque todos somos parte imprescindible de una ceremonia de dioses: la de ser felices juntos, bebiendo a pequeños sorbos bohemia y emoción, sin más tiempo que el que marca la emoción y la bohemia.
Mikel Erentxun acaba de escribir sobre Utopía:
“Es difícil describir el significado de UTOPIA.
Es difícil explicar lo que allí ocurre.
No es sólo el escenario…
Es el aire que se respira,
las conversaciones que se cruzan,
las miradas que se disparan,
las palabras que se adivinan,
las sorpresas a ras de suelo,
los amigos que se encuentran,
las bebidas y las comidas.
Es un todo.
Ya forma parte de mi vida.
Hay que vivirlo para entenderlo.
He subido 9 veces a ese escenario en los últimos años,
y espero que sean muchas más.
Gracias MIguel Angel por hacer esto posible.”
Tú eres, Mikel, el alquimista que detiene el tiempo, no nosotros. Tú has teñido de oro las noches de utopía y nos las hemos bebido a pequeños sorbos, juntos y agradecidos, ¡qué ya es bastante!
dom
22
may
2011
Las Tertulias del "Puerto Real"
Hubo un tiempo en que las tertulias eran un modo culto, saludable y crítico de hacerle un recosido al ocio, charlando y escuchando, en compañía de otros amigos del diálogo, los temas que de modo crítico y creativo abordaban cada tarde, en el mismo local y hora, en torno a café y copa, materias de actualidad o simplemente de debate o de proclama. España ha sido país proclive a esta saludable práctica hoy casi perdida. ¡Cómo no recordar la tertulia del Café Pombo con Gómez de la Serna al frente o la del Café Gijón que tanto inspiró a Don Camilo para La Colmena o la que yo viví tantas tardes en La Boule D’Or del barrio latino de París en los 70 con el represaliado y genial Agustín García Calvo!
Cádiz, con su acendrado espíritu dialogante y liberal, ha tenido en su historia tertulias de postín. Todavía queda huella de los debates que albergaron los salones gaditanos de principios del XIX, llamados salones franceses, teñidos de recién conquistadas libertades burguesas al hilo del romanticismo constitucional del doce. Pues, por sorpresivo que para algunos pueda resultar, Cádiz ha vuelto a reinventar la tertulia y, además, de un modo pasmosamente singular.
Las tertulias del “Puerto Real” son las que se celebran a diario en el Hospital Universitario de este bello pueblo gaditano. Se trata de un Hospital referente de calidad por el alto nivel y profesionalidad de su personal sanitario pero que soporta estoicamente tener que compatibilizar su crítica y delicada actividad médica con el insólito experimento que les viene impuesto de ser un “Hospital de puertas abiertas”. De tan novedoso que es el experimento tertuliano puede que sea necesario explicar el funcionamiento, para que ustedes mismos juzguen hasta donde es capaz de llegar la inventiva de los seres humanos en defensa de la tertulia.
Los salones de tertulia del “Puerto Real” son todas sus habitaciones, en torno a cien. Pero no piensen que se trata por tanto de cien tertulias diferentes, “Puerto Real” tiene más del doble, dado que cada una de dichas habitaciones alberga dos o tres anfitriones encamados y entubados, allí llamados pacientes. Cada salón no es muy grande, en torno a 20 metros cuadrados, pero alberga como puede que no es mucho, dos o tres camas, una por anfitrión, tres sillones, tres sillas, huecos por el suelo para sentarse, y un baño y una ducha para todos, que pueden llegar a ser entre 20 o 30 tertulianos por salón más los pacientes. Como todo salón de tertulia que se precie, unos tienen más nombre que otros. Aquí recomendamos, sin duda, los salones de tres anfitriones, como el afamado 204, con un ambiente insuperable. No hay horarios ni de apertura ni cierre, aunque las tardes son más animadas. Los anfitriones llamados pacientes no pintan mucho, la verdad, pero son el banderín de enganche, la disculpa para que pasen por la tertulia, deudos, deudores, familiares, novios y novias, transeúntes, vecinos y curiosos. Los temas de la tertulia no suelen ser de honda relevancia cultural, pero sí de sabia y ancestral nutriente popular. El tema estrella es la medicina de divulgación, incluida la memoria popular de óbitos y desgracias por dolencias similares al del aterrado paciente que las escucha, pero cuenta con mucha aceptación temas menos comprometidos como el mundo taurino, las ferias, los galgos, las tagarninas y el puchero. Cada salón del “Puerto Real” es como un remedo concentrado de la plaza DJemaa El Fna de Marrakech. Son espacios mágicos. Allí puedes encontrarte con dos niñas que se hacen hueco entre la muchedumbre del Salón para bailar sevillanas vestidas de flamencas, a aprendices de magos, a jugadores de póker, a vendedores de estampitas de Santa Rita, a ordenadores a todo volumen con visionado de conciertos de rock, a tertulianos que organizan su comida y se la engullen delante justo del anfitrión paciente sujeto a dieta absoluta, a contadores de cuentos y chistes a carcajadas en la hora de la siesta, a trifulcas hereditarias entre familiares ya avanzada la noche, a que algunos tertulianos, ante la leve sugerencia de silencio por parte del paciente que está más p’allá que p’acá, le recriminen en voz alta su falta de tolerancia a los derechos de los visitantes, o a las airadas protestas si el personal sanitario osa sugerir que alguno o todos de los anfitriones del Salón las están pasando moradas con tal ajetreo festivo y tertuliano y que se debe bajar la voz o salir del Salón.
Hay adictos a las tertulias del “Puerto Real”. Vienen a pasar la tarde y recorren casi todos los salones buscando un vecino de su pueblo, sintiéndose a veces defraudados: ”Parece increíble que hoy no haya nadie ingresado de Chiclana”. Conviene remarcar que los salones, sin que estén cuidados de primor, no andan mal de instalaciones y por tanto resultan atractivos para algunos: calefacción en invierno, aire acondicionado en verano, tele de pago –por el anfitrión - y comida y bebida que sirve la organización a los pacientes y que es muy fácil de despistar. Como el acceso a los Salones es absolutamente libre a cualquier hora del día y de la noche, ¡sólo faltaría!, entran a veces, camuflados de tertulianos, amigos de lo ajeno, así que conviene andarse con cuidado, pero eso pasa en cualquier bar que se precie.
A fuerza de años y miles de tertulias en el “Puerto Real”, se ha creado un uso social específico. Cuando un paciente tiene el no buscado honor de tener cama en un salón doble o triple, comienza la función. De inmediato se comunica la buena nueva a todos los posibles interesados en la tertulia. Los olvidos se pagan, pueden ser interpretados como desconsideración del anfitrión hacia un sector familiar, laboral o vecinal. De igual modo, es espantoso no acudir al Salón si has sido invitado a pasar varias horas de tertulia. El estado del anfitrión-paciente tiene interés un rato, es como el protocolo obligado para dar comienzo la tertulia. El paciente suele hacer el máximo esfuerzo que su débil salud le permite por aparentar que está en buena forma y que su cama no es de hospital sino tumbona de primera clase en el Queen Mary de los treinta, pero si desfallece y cierra los ojos, se pasa de él y prosigue la tertulia. Si esto sucede con el “propio” anfitrión, pueden ustedes imaginar la nula atención que merece el estado de los pacientes de las camas de justo al lado, máxime si en ese instante carecen de tertulia. Con un poco de suerte, en la misma visita se puede acudir a varias tertulias en diferentes salones, con el ahorro de tiempo que eso produce.
El personal sanitario convive con esta impuesta cultura tertuliana como puede. Si es doctor o doctora, ordenan tajantemente el desalojo del Salón mientras ellos están dentro, y hay tendencia a que las masas tertulianas obedezcan, pero si son auxiliares depende del carácter autoritario del sanitario y del grado de interés que en ese momento tenga la tertulia.
Avanzada la madrugada, los Salones del Puerto Real languidecen, y los enfermos anfitriones recuperan como pueden las fuerzas para la paliza que les espera al día siguiente. Hasta que avance la mañana no será repuesto el material de baño usado por los tertulianos, ni limpiado ni aireado el baño y el Salón aunque hayan podido pasar por él, tranquilamente, más de 50 personas diarias, en algunos casos.
A estas alturas de la crónica, supongo que reconocerán conmigo que la iniciativa de las tertulias del “Puerto Real” es, cuando menos, original. Sin embargo, humildemente, creo que mejorable. Dado que el Hospital es de “puertas abiertas” y eso está más que claro que lo es, con un leve esfuerzo adicional, se podría lograr que fuera también centro de interés turístico nacional. Sin afán exhaustivo van unas cuantas ideas: con motivo del Trofeo Carranza, barbacoa en cada salón, con lo que supondrá de ánimo festivo para los pacientes, pudiéndose aprovechar para quemar el mobiliario obsoleto del Hospital que es bastante. En verano, sardinadas los sábados y domingos. Los carnavales han de tener su espacio reglado de coros y chirigotas en los Salones y, por supuesto, en el Doce hay que traer tertulianos de postín internacionales.
Sólo, ya conocen ustedes mi incurable afición a la crítica, una leve pega que en nada debe empañar la magnificencia del invento. Se trata de que la política de “puertas abiertas” llegue también a los despachos y dormitorios de los funcionarios y políticos que alumbraron tan revolucionario sistema hospitalario. Estos servidores públicos, en coherencia con sus ideas radicalmente aperturistas, deben permitir el libre acceso de tertulianos, pacientes y sufrido personal sanitario del Puerto Real a los despachos e instalaciones donde estos señores fraguaron el invento y a sus propios dormitorios familiares, máxime cuando la mayoría de ellos disfrutarán de la salud que los anfitriones pacientes del “Puerto Real” por desgracia no cuentan.
jue
10
mar
2011
La forja de un contrabandista
En la primavera del 75, nuestra Galería Multitud de Madrid seguía rompiendo moldes y agolpando ilusiones en torno a una bendita ilusión quimérica, hoy cabría decir utópica: “en esta tierra maldita no hay bandos”, que había dicho el poeta, y nosotros añadíamos: “cierto, ahora sólo hay un afán colectivo de cambio”. El general se empeñaba en desmentirlo, pero allí en Multitud llevaba colgada dos meses en las paredes la memoria viva de Federico y su Barraca y nadie parecía que se atreviera a prohibir ni a eliminar de nuevo su presencia, y eso que en aquellas tardes de invierno miles de gentes de España sin bandos pero harta de polvo sobre las espigas, como había proclamado León Felipe, se agolpaba en Multitud para ver las imágenes de las representaciones del teatro de La Barraca y los telones de Alberto y las escenografías de Benjamín Palencia y los figurines de José Caballero y las fotos murales de La Argentinita y de Buñuel y por supuesto de Lorca, mientras escuchaban su música al piano o los relatos emocionados de sus coetáneos.
Había que preparar con urgencia la siguiente exposición y decidimos que se llamara simplemente “Cubismo”. Sabíamos que el nombre comprometía a que en verdad y por vez primera en España se exhibieran las grandes obras cubistas de Picasso y Braque y Juan Gris y Julio González y tantos otros. El equipo que alimentábamos tan insólito proyecto de Galería éramos jóvenes, independientes y variopintos, pero con un denominador común que era en si mismo una proclama: lo que se necesita se busca y se trae. Con tan poco sofisticado mensaje pero tan eficaz como nuestra certeza utópica del cambio, inflados del aliento de los vanguardistas de los treinta aún vivos, que eran muchos, lo cierto es que una a una se nos abrían las puertas del miedo y la desconfianza. Por mucho que yo dirigiera aquel tropel de jóvenes locos eruditos, mi conocimiento de las artes era el que me habían proporcionado los Maristas y la Universidad franquista, es decir nada, sólo contaba con el bagaje artístico que arañaba de París cada verano, pero, eso sí, hablaba francés y tan insólita capacidad en esos tiempos, automáticamente me situaba como experto marchante internacional de arte, dado que nadie del equipo farfullaba siquiera otra lengua que no fuera la de la madre patria de la autarquía que nos había visto nacer.
Quedaban pocos días para inaugurar “Cubismo” y las mejores galerías españolas, junto a coleccionistas privados, ya nos habían proporcionado algunas de las obras claves de tan señalado “ismo” de las vanguardias. Creo que fue Alfonso Emilio Pérez Sánchez, insigne catedrático de cátedra, vida, libertad y república, quien señaló que era imprescindible exhibir una obra cubista de la artista cántabra Maria Blanchard, afincada casi toda su vida en París y fallecida allí en el 32. Inmediatamente se aplicó el lema de que lo que se necesita, se busca y se trae, y como en España no había obra de Blanchard localizable, para París y de urgencia se fue el flamante experto internacional de Multitud.
Un fascinante retrato de una inquietante joven levemente descompuesta en mil colores de azul y rosa, me miró por vez primera en la Galerie Melki de París. Lo firmaba Blanchard en 1924. Sus etiquetas traseras informaban que su escueto título era “Jeune fille” y que había estado expuesto, entre otros lugares, en el mítico Salón de los Independientes de París. Era perfecto. Me lo podía llevar y no hacía falta ni pagarlo. Jacques Melki, milagros de Multitud, se fiaba de nosotros. Sólo me preguntó si sabía cómo se hacía para meter obras de arte en la nada artística España aún propiedad del general. Mi respuesta fue: “bien sur”. Realmente, con 26 años de españolito, cinco meses de galerista y dos de marchante internacional, no tenía la menor idea al respecto. Lo que si sabíamos es que era imposible importar obras de arte. El arma del régimen para impedir el dispendio de divisas en la compra de incomprensibles cuadros, llamados obras de arte, y firmados casi siempre por nombres de más que dudosa adhesión a la causa, era el impuesto de lujo. El arte era un lujo y se gravaba su compra-venta con más del treinta por ciento sobre su valor. Ni que decir tiene que las grandes galerías y coleccionistas españoles compraban arte fuera, pero entraba como en su día cruzaban los maquis… de aquella manera.
La manera a mí me la contó Don Fernando, dueño de una importante casa de subastas y que intentaba explicarnos a los jóvenes de Multitud los secretos del arte de comprar y vender arte fuera de España.
– Es muy sencillo, Miguel. Te montas en el Puerta del Sol en París, por supuesto en coche-cama individual, y le dices al supervisor de tu vagón nada más que subas que no quieres ser molestado en la frontera, en la parada que hace el tren para el cambio de ancho de vía, – me aclaró temiendo que ni ese detalle supiera – mientras dejas en su mano con disimulo dos billetes de quinientos francos.
– ¿Nada más? – Respondí, delatando mi sorpresa por tan frágil soporte clandestino.
– ¿Es que te parece poco dieciocho mil pesetas? –Y con una franca sonrisa
protectora se alejó dando por cerrada su breve academia de contrabandista por amor al arte.
El Puerta del Sol era un tren fascinante. Guardaba todo el encanto del Orient Express. Era el perfecto escenario para mi estreno delincuente. Mi cabeza no paraba de dar vueltas a qué contar a los civiles si el plan fallaba. Cierto era que la respuesta del revisor ante tan descomunal propina fue: “haré lo posible para que el señor no sea molestado en la aduana”. Y yo la aduana ni la había mentado, con lo cual todo parecía encajar, pero dado que revisores había muchos, yo me preguntaba si es que todos estaban conchabados y aquello más que un tren era un barco sin bandera lleno de piratas trajeados.
Dado que no encontraba modo de justificar a los carabineros, si el plan fallara, qué hacía yo en el tren con un cuadro valorado en cinco millones de pesetas, opté por irme al vagón restaurante a darme una cena de homenaje, previa al previsible bocata de salchichón del calabozo, consistente en una docena de ostras, un steak au poîvre y el exceso de un Dom Pérignon cuyo precio al fin y al cabo, me decía, era muy inferior a la dádiva que acababa de entregar al desconocido ferroviario francés quizá por nada.
El cuadro de la bella damita rosa, junto a su impresionante marco, era de un tamaño superior a un metro de altura. Odiosa medida que impedía su entrada en cualquier maleta. Su embalaje era tosco papel y unas cuerdas que servían a su vez de asas. El valioso objeto no cabía ni en el lugar de las maletas que estaba encima de la cama. Con el traqueteo el paquete oscilaba y se caía. Una solución era despojarlo del marco y de las delatoras etiquetas de su gloriosa andadura expositiva, enrrollarlo y alegar que era un retrato de mi prima pintado por mí a todo correr una tarde de Beaujolais en París y que de ahí las extrañas conformaciones de su imagen, pero ¿iba a ser yo el que tirara, en mitad de la noche, a la lunática campiña francesa la gloriosa memoria de una gran obra cubista? Evidentemente, no.
Me puse el pijama recién estrenado para aparentar la debida uniformidad de un pasajero de primera clase, mientras sabía que eran pocas las horas que quedaban para Hendaya y muchas más mis dudas y temores.
Tumbado en la cama, con perlas de sudor helado en mi frente, veía pasar Francia la nuit y pensaba lo plácidamente dormidos que estarían a esas horas la gente de mi equipo de Multitud gracias a no saber idiomas y quedarse sin disfrutar de las maravillosas experiencias de los marchantes internacionales. De pronto, una idea se abrió paso. Era un disparate, pero al menos tenía la entraña de la vanguardia y el surrealismo. Desnudé a la enigmática joven rosa de su tosco embalaje, la coloqué en la cabecera de la cama, vertical, asomada a su ventana, iluminada por la luz amarilla de lectura, me tumbé del otro lado de la cama y, simplemente, ella y yo nos miramos y nos fuimos dejando enamorar mientras el Puerta del Sol aceleraba su ritmo imparable de marcha y traqueteo a la frontera.
Como suele ocurrir tras el amor, debí dormirme. Me despertó el lejano sonido de unos nudillos golpeando la más lejana puerta de mi vagón. Abrí un ojo. Mi amada seguía allí y me miraba. El tren estaba detenido. Era Hendaya. De la noche surgían voces españolas de operarios que bajo el tren cambiaban su ancho de ruedas. Los nudillos se acercaban. Iban de puerta en puerta. Todas se abrían, pasaba algún tiempo, se oía como se cerraban y de nuevo los nudillos, más cerca, más cerca…, hasta golpear ya en el departamento de mi lado derecho. Mi recién amada joven me miraba con más fuerza, como si entendiera el peligro que nos acechaba. Eran varios, lo noté por sus pisadas, se detuvieron frente a mi puerta, algo en voz baja dijeron pero nada sonó, los siguientes nudillos aporrearon la puerta del departamento de la izquierda y el sonido se fue alejando en un magistral estéreo que me sumió en la gloria.
El Puerta del Sol entró en España y dentro de él, triunfantes, viajábamos Maria Blanchard dispuesta a conquistar Madrid como había hecho en los veinte y treinta en París, mi joven enamorada algo más carmesí por tantas emociones que cuando me la entregó de rosa Merlki en París y un joven contrabandista que, para qué voy a negarlo, se sentía orgulloso de estrenarse como maquis por amor al arte y a su sonrojada cubista enamorada.
mar
18
ene
2011
La Línea del Humo
Ayer pasamos el día en La Línea de la Concepción. Lugar de encanto y de frontera. En las terrazas de bares y restaurantes había gente, casi bullicio, dentro nada. Ya se sabe... cosas del humo. El levante ponía su corona de humo de nube al Peñón. Hay gente honda, buena y de ley en la Línea. Paco Caparrós me presentó a Alejandro, el alcalde, personaje cordial que nos cayó bien. Más tarde, cerca de la verja, vimos una gran valla que decía “La Línea también es España”. Me quedé perplejo, como supongo le pasará a cualquiera de los miles de turistas que hasta allí llegan, y pensé que cuando volviera a ver a Alejandro le pediría que al lado ponga otra valla explicativa para los que no tenemos muchas luces y no alcanzamos a entender quién pone en duda su españolidad.
Entramos en Gibraltar. Las terrazas vacías, los bares y restaurantes llenos, casi pletóricos. No hay mensajes de prohibición en los cristales. Sorprende. Todo está abierto y accesible, se te antoja que no hubiera ni crisis ni horarios ni normas de uso ni tan siquiera de humo. El nuevo Casino, espectacular de diseño, estaba nutrido de personal y clientela. Mientras recorríamos sus bares, sus cafés y sus rincones de juego repartidos en varias plantas, nos encontrábamos cada poco con un mismo personaje que, andando muy deprisa, no cesaba de fumar a grandes bocanadas nada menos que un enorme puro. Se me antojó que estaba subvencionado para dar envidia a los españoles y mi primera reacción instintiva fue llamar a la señora ministra, como nos ha aleccionado que hagamos los buenos ciudadanos, para denunciar tamaña provocación. Caparrós, divertido, me hizo ver que aquello no era España y tampoco estaba claro que fuera Europa, que estábamos en un limbo, que allí no mandaba la ministra ni tan siquiera la reina hija de la reina madre, sino el negocio. ¡Qué sabia aseveración! Aunque allí fuman en cualquier sitio al parecer hasta los monos, ¡mira que les va bien! ¿De dónde sale tanta gente con ganas de divertirse, de toda edad, nacionalidad y lengua? ¿Y saben ustedes además que documentos piden para entrar al Casino? Ninguno. Todo parece funcionar perfectamente, pero no hay normas coercitivas que al menos se vean, ni como les digo la sagrada prohibición del humo. ¿Mira que si tuviera esto algo que ver con la buena marcha de sus negocios de hostelería? También es cierto que como sus políticos no velan por su salud como los nuestros, a lo peor van y se mueren, eso sí, ricos y sin paro.
Cruzamos de vuelta la línea fronteriza y volvimos a la cruda realidad. Y es que la ciudad desierta y las palmeras bordeando la playa de la Atunara, exhibiendo sin pudor sus muñones desnudos y sin ramas, te devuelve rápido al presente de la España turística de las normas, la que pudo ser y ya no es.
Era ya de noche y nada más salir de la Línea rumbo a Tarifa, comenzamos a ver unas enormes columnas de humo maloliente que no sólo subían hasta las nubes y se desparramaban luego por toda la comarca, sino que además poderosos focos las iluminaban, deseando remarcar el orgullo de su existencia. Era como si cien mil ciudadanos insumisos se hubiesen puesto a fumar como posesos, aunque aquellas gigantescas fumatas no olían a tabaco, simplemente apestaban. Me dije: si es verdad como dice el alcalde que esto es España, ahora sí que podré llamar a la señora ministra para denunciar semejante tropelía. Paco Caparrós una vez más –pero qué listo es este doctor- me hizo saber que eso era el humo del complejo petroquímico que día y noche, desde hace décadas, anega los pulmones de los habitantes de la comarca. No es cáncer de tabaco, es cáncer, eso sí, la más alta tasa de España, pero cáncer legal y de consumo libre y obligado para niños, viejos y adultos, dentro y fuera, sin problemas. Por segunda vez en el mismo día me quedé sin poder denunciar tan grave hecho a la señora ministra. “Miguel -siguió diciéndome Paco en tono paternal-, lo de las denuncias es sólo para pequeños empresarios y autónomos, no para petroquímicas. Lo de los trabajadores afectados es sólo para camareros, no para trabajadores de refinerías, del níquel, cadmio, cobre o cinc, ni para mineros de la antracita, ni para pescadores del gasoil asfixiante, ni para los centenares de miles de asalariados en actividades peligrosas.
No volví a hablar de vuelta a casa. Me pasé el viaje rumiando lo que María me dijo hace unos días: “quién me iba a decir a mí que aquel axfisiante humo de las granadas de los grises por pedir la libertad, sería hoy de nuevo humo, sólo que ahora clandestino y vergonzante”. Fue entonces cuando surgió en mí una idea, una proclama: hay que rebautizar la Línea de la Concepción y llamarla La Línea del Humo, para recordar a España no sólo que La Línea es España, obviamente, sino que es España y es Europa porque es símbolo vivo y ahumado de adonde lleva la sinrazón. ¡Ahora entiendo al fin aquella valla! La Línea del Humo: Río Grande. La Línea del Humo: ciudadanos, residentes y turistas de Gibraltar llenando el interior de locales de ocio perfectamente acondicionados, mientras los linenses, sin residentes ni turistas, llenan las terrazas a cuerpo limpio para así respirar mejor los pestilentes humos que surgen de la legalidad que les rodea.
La Línea del Humo marca el fin del territorio de la ley seca. La Línea del Humo es la distancia más corta entre dos puntos: la hipocresía de los Estados de las libertades y la libertad de los ciudadanos. Para llegar a la frontera donde termina la prohibición del humo y comienzan los territorios de indígenas ricos de apestados fumadores, no necesita GPS, guíese por las gigantescas nubes de humo químico e iluminado que cual nuevas columnas de Hércules cierran al sur del sur la línea de la Europa y la España civilizadas.
mié
10
nov
2010
María a pedales camino de Orléans
Hoy supe que ayer se fue…
Por aquel entonces en que compartí su vida, era un volcán de lava dulce y roja libertad. En los días de vino y rosas de mi primer Madrid, cuando soñábamos que la Complutense era Berkeley, y por las tardes, dueños efímeros de aquella facultad roja de ladrillo, escuchábamos a una dulce hija de catedrático cantarnos qué sucedía cuando canta un gallo rojo, aprendí de María, nada más conocerla, que en verdad tocábamos fondo y que lo blanco es blanco y lo negro es negro, sin grises que valgan por medio. De ella supe que en el Olimpia el lagarto está llorando y que en París un croque monsieur llena pero no alimenta. Con ella de la mano aprendí a labrar la independencia, me enseñó que la lengua es el tesoro que nadie te arrebata si lo cuidas y hasta supe por fin qué escondían debajo las faldas escocesas. También con ella supe lo qué es viajar, como aquel verano que nos arrastró a Paco y a mí con ella a Roma mientras otros se empeñaban en pisar la luna, para saber algo de Dante y de paso de italiano, aunque en realidad aprendimos como en las távolas caldas del Trastévere se paliaba el hambre con mil liras para tres y también como con ella era posible entrar donde nadie podía ni soñarlo, y así, con la naturalidad con que siempre lograba lo imposible, nos introdujo, con ayuda de un familiar agustino, nada menos que en el mismísimo dormitorio de Pablo VI. Allí estábamos, tres españolitos de recién estrenada flagrante apostasía, husmeando en aquel minúsculo cuarto sombrío que por única decoración ostentaba una espantosa calavera en una mesita junto al catre. Aquel verano de poco senso y mucho sexo, Paco nos hablaba del barroco, yo les intentaba arrastrar a Pasolini, y ella, María, simple y llanamente nos protegía a los dos de nuestra galopante inmadurez.
Hoy supe que ayer se fue dando pedales por encima del agua en que buceó Alfonsina…
Por aquellos tiempos en que fui su amor, comprendí por ella que lo que buscas se logra o se roba, pero jamás se suplica y aún menos se mendiga. Así fue que me enteré que la arena de la playa es tuya sólo cuando con tu sudor has levantado uno a uno los pavés. Y así aprendí a ahorrar por el día para gastarlo en vino por la noche esperando que fuera la hora del alba en que cantar la cançó da matinada degustando un tazón de soupe a l’oignon para dos, y así supe que se debe robar para comer, y que a las tardes hay que ir a limpiar oficinas en la Banlieue de París con el noble fin de acumular unos francos con los que irnos al fin del verano a ver en Noruega el sol de medianoche en autostop.
Hoy supe que ayer se fue pedaleando en busca de Marisa…
Marisa y ella, ella y Marisa eran las celestinas de la subversión de Filosofía, cuando el campus aún era campus y la libertad una conquista, no un derecho. Marisa, surrealista. María, pragmática, pero siempre juntas, de fregado en fregado, y yo en el medio, de niño aspirante a ostentoso inmaduro, de jovencito que hablaba de Marcuse sin casi tiempo de esconder a Julio Verne. María y Marisa, siempre enredando, llenando de proclamas surreales las vacías espirales de las caracolas de mi mente. Ellas eran del final de la carrera y yo empezaba en aquella Facultad de Políticas que tan política era que el doctorado se alcanzaba sin necesidad de entrar al aula, salvo para asambleas, juicios críticos, conciertos o para asistir a clase de Don Manuel y ver con tus propios ojos como aquel insigne ex ministro, paladín de los sistemas políticos de las democracias, expulsaba de la Universidad y de España al que en una clase, y dentro del turno de preguntas, osó cuestionar su talante democrático. Así que ellas se licenciaron y se fueron a París de lectoras de día y de vendedoras de Martínez en Ruedo Ibérico por las tardes, mientras yo seguía intentando aprender en cuatro años y en Madrid, lo que me habían hurtado en España en dieciocho. Allí tenía yo su buhardilla en París siempre esperándome. Iba tres veces en cada curso. De Madrid a Hendaya en autostop, como ella me había enseñado. De la frontera a París en tren con el dinero de sacarme sangre en la Concepción, pero una vez en París, eso sí, pagaba ella y yo vivía a cuerpo de rey republicano, aunque a la vuelta de nuevo el mismo rito cansino viajero.
Una mañana, Marisa, delgada, alta, siempre de blanco cual La Duncan, desapareció dos días y dos noches. En su triunfal reaparición dijo que los pasó desnuda, tumbada en el lecho de Fernando Arrabal mientras él paseaba en el entorno del altar sagrado sin tocarla, recitando sin parar versos sin sentido. Quizá fue aquel su punto de no retorno, pero ese mismo verano nos comunicó a María y a mí que de modo inexcusable debía volver a Madrid en bicicleta. Ella de ciclista poco, y menos con aquellas blancas túnicas al viento. En Orléans, a sólo 100 kilómetros de París, se le enredó su blanca tela ya mortaja entre los radios de la rueda y un camión la dejó allí enterrada en la leyenda. Fue el fin de París y mi bohemia, y no mucho después yo también partí.
Hoy supe que ayer se fue María, Maríángeles Moratiel, pero me queda el consuelo que aunque hace mucho que perdí su pista, ahora sé que va a pedales camino de Orléans y que si un día me hiciera falta su presencia me bastará hacer autostop para encontrarla.
sáb
25
sep
2010
La Dama del Pérignon
Éramos jóvenes, descaradamente inmaduros. El Sena desbordaba aguas negras y rojas de proclamas que llegaban a esa arena de la playa que de pronto descubrimos escondían los pavés. Fueron 68 noches sin descanso de vino y juventud. 68 cielos estrellados para sentirnos hinchados de sinrazón, empachados de anarquía. 68 besos mal dados cada noche a mi primer amor de besos y sólo besos. 67 noches para apretar mis labios cerrados con los suyos, para abrazarnos de pie vestidos de deseos, para decirle paraules d’amor senzilles y tendres a la rubita de Filadelfia que cantaba a Joan Baez a pie de barricada. Ella, tampoco como yo, besar sabía. Fueron 67 ocasiones apurando el último minuto de amor de la inocencia, a la puerta de aquella residencia de señoritas que se cerraba a la una y media de la madrugada, justo cuando el Metro se paraba y Moustaki nos recordaba qu’il es trop tard. Ese último beso mal dado me suponía perder el tren y caminar dos horas por un divino París desierto hasta mi chambra solitaria de Pigalle, pero lo daba, lo di 67 noches sin dudarlo.
La última noche, la 68, cambié el guión de baguettes y croque monsieur por las callejuelas del barrio latino antes de la sesión de los besos mal dados, y escogí con mimo el lugar de una cena que estuviera a la altura de Paco Rabal con la Belle de Jour de la Deneuve, aunque mi francés fuera aún peor que el de Rabal y mi chica sólo una niña, balbuciente aprendiz de belle de nuit. Me decidí por La Coupole del Boulevard Montparnasse. Era una sala bulliciosa, enorme, alegre, con todo el sabor aún no perdido de la bohemia. El menú, no podía ser de otro modo, fue el más barato posible, aunque con la licencia, que se me antojó obligada, de ostras para empezar. La bebida, consciente de que no era lo ideal, no daba más que para dos copas de Beaujolais.
Y dio comienzo aquella mágica noche de Junio del 68.
Mi primera cena enamorada de París y de mi vida. A poco de empezar mi estreno, llegó sola, mandando por la sala, una dama de larga edad y aún más larga de elegancia, envuelta en sedas y brocados, negra de azabache y noche, como un sueño, como la actriz ajada del cabaret perdido, y se sentó triunfante y solitaria muy cerca de nuestra mesa. Pude oírla pedir ostras Belon, las mismas que nosotros, las suyas del número 0, las más grandes, las nuestras del 4, las más baratas. Pude ver entero el ritual del servicio del champagne que le trajeron. No sé quién era, pero logró que cien personas en la sala ralentizaran su yantar para observarla. Cogió su copa, ingrávida de espuma, y nos miró sonriendo, como si fuéramos los únicos comensales de la noche. Pensé que le encantaba ver como tan jóvenes ya oficiábamos a nuestro modo la liturgia parisina de las noches de ostras y amor de aquel París a la deriva, casi como ella hacía, casi igual más sin champagne. Comenté a mi virgen amante enamorada: parece una duquesa o una artista o la mecenas de un bohemio que sucumbió de absenta. Ella seguía sutilmente sonriéndonos. El Maître de La Coupole empezaba a servirle sus espectaculares ostras en la mesa, cuando, de pronto, señalándonos con discreción, algo le dijo que supe nos concernía. El viejo garçon, con una sonrisa franca y hasta tierna, tanto o más que la del Maître de Casablanca cuando ve a Bogart ordenar perder dinero en su ruleta, se acercó a nosotros con la cubitera, el hielo, dos copas y el Dom Pérignon de aquella dama. Nos explicó que la señora, de extraño nombre que a alemán sonaba, solicitaba nuestro permiso para invitarnos. Ella nos observaba discretamente divertida. Yo, feliz y avergonzado, devolví con agrado la mirada y creo que llegué a asentir con mi cabeza. Él llenó nuestras copas. Brindamos sin levantarnos con la negra dama que, en poco más que lo que un instante dura, sorbió las ostras y su copa y se levantó para irse. Turbado o enamorado o las dos cosas o ninguna, que no tenía criterio para saber qué me pasaba, la lancé un tímido beso con mi mano casi adolescente, intentando jugar a señor curtido en cabarets. La dama, magistral, sin perder su enigmática sonrisa, me indicó con un gesto de sus ojos que mi amada no era ella, sino mi niña rubia americana.
Aquella última noche del 68 volví a perder el tren, pero abrí por fin mis labios y allí de pie, abrazados a la puerta de su residencia, aprendí a besar y me pareció que su cabello era negro, que sus tejanos una falda al vuelo de los azabaches que mostraban su deseo y que su boca era una turba de ostras y champagne dispuesta a devorarme. Nunca más las vi. No recuerdo sus nombres, pero puedo asegurar que el champagne era Dom Pérignon y la cosecha del 60.
sáb
07
ago
2010
El Cap de frutas de Mata Hari
Mi abuelo fue abuelo de un niño de aquella triste España que para nosotros, los niños, era sin embargo alegre, como alegre era el calor de los cortos veranos que mataban el largo frío de los sabañones. Mi abuelo me decía que en sus tiempos de Maître del Palace de Madrid, la ciudad bullía en torno a sus mesas con el frenesí de unos tiempos de cambios y entreguerras en una España sin más cambios ni guerras declaradas que las gloriosas gestas en Marruecos que los generales organizaban descorchando, generosos, champagnes en el Palace.
Mi abuelo me contaba que, en aquel su Palace, la noche se liaba con el día en eternas volutas, como la piel de la naranja que magistralmente él pelaba en el aire, con cuchillo y tenedor de alpaca, como en su día lo hizo con la plata, para asombro de aquel niño de una época sin platas ni naranjas de la china que pelar al aire cual volutas.
Mi abuelo era pobre, o al menos eso a mí me parecía, y por eso yo ansiaba su compañía, porque le importaba un rábano si iba despeinado o aseado, el qué dirán o el que decían. Liaba tabaco en una rudimentaria máquina que a mi se me antojaba sofisticada, y luego lo vendía a perra gorda. Tenía entrada gratis a los toros porque algunos apoderados aún recordaban sus cócteles del Palace, y allí me llevaba, a la plaza de León por ferias, a fardar de nieto con aquellos gordos sudorosos de sombrero, y les contaba muy serio que yo quería ser torero, mientras la grana de mi vergüenza embozaba mis mejillas.
Mi abuelo se perdió hace mucho, y sus clientes, y aquel tiempo, y hoy, no se por qué, ha vuelto y me apetece decirle que el Cap de frutas que nos hacía, el mismo que decía que preparaba y servía a Mata Hari, estaba buenísimo, y que de las noches de aquellos veranos tan cortos de mi infancia, me queda el recuerdo de su pícaro guiño, a escondidas de mi madre, cuando le decía que el Cap, habiendo niños, no llevaba coñac, sino gaseosa. Creo que Mata Hari, el Palace, y el Cap de coñac de mi abuelo fue mi primera sospecha de que habían existido otros tiempos menos gloriosos y más divertidos y canallas que mis tiempos de niño de posguerra.
vie
16
jul
2010
Cuando el poeta dice quien somos
El poeta es un loco de amor solitario, un guerrero sin batallas, un fiel recitador de sus lecturas sin lectores que conozcan sus poemas. El poeta, alguna vez, pocas, logra ser oído, porque es sabido que apenas dejan decir que somos quien somos. No sabía que José Miguel Alguero, amigo de la utopía y por tanto mío, fuera también poeta. En esta humilde ventana le invito a que se asome para que todos conozcamos como se forjan versos de utopía.
Para un Michelangelo y su (mi) Fonda Utopía.
Es una puerta, apenas escueta cicatriz
de una fachada resumida e impasible
que incita sin embargo a sospechar un secreto.
¡Ábrete Sésamo! cuchichea en el cerebro y te apetece vocear:
¡Ábrete Sésamo y agriétame este velo de sombra incalculable!
Entrégame tu umbral de hornacinas doncellas
y déjame inhalar hechizos y emerger magnetizado
a ese corredor que primoroso se atavía con envolturas y efigies y paneles,
para sentir la chispa de algo recóndito que espera allí detrás y otra vez.
Ese fuego es la caverna; es una fonda y es una cripta
de culto cenacular, íntimo y dulce de algún modo,
en donde resuenan pisadas de zapatos topolino
atemperados por faldas gozosamente negras.
Hay un halo profundo de óleo en el paisaje,
la luz eléctrica humedece y parpadea en las farolas
como si alguien acabara de inventarla.
Un piano bosteza en un rincón con fragancias de arpa arrinconada;
la sombra de un Borsalino se apoya contra la barra como soñando utopías,
Charlot y los Hermanos Marx se persiguen por frisos y metopas
mientras Buster Keaton los observa sin saberse acomplejado.
Ya se había quedado atrás el Empire State y ahora
te asalta una columna confundida porque quiso ser hija de Miró
y que quizá haya decidido llamarse
Maria de los Remedios Alicia Rodriga Varo y Uranga.
Hay un halo profundo de óleo en el paisaje,
hay primor, hay impulso y hay deseo
en esta fonda fronda tapizada de blancos manteles
y vajillas titánicas que soportan viandas eclécticas y florecidas.
Los zapatos alycristangueros repiquetean en las mesas
alzando los pies femeninos torbellinos de servilletas erotizadas
que sigue con ojos sicalípticos el dueño del burro de atún y chocolate.
Ensimismados tanguean el aire los altavoces
sin atisbar que el roce de robles sedoso hace relucir al piano.
Y porque en Corisco los benga también tienen hembras hermosas,
con un batir de blancas telas diosas que ondean por el éter de la sala
¡Llega Inanna! ¡Ha llegado la carne acariciada!
Sobran las palabras; la sombra del Borsalino gravita sobre la barra
y yo, así lo recuerdo todo, he renacido hace 80 años.
José Miguel Alguero García
León julio de 2010
jue
10
jun
2010
El Rock de la Cárcel
Terminaba la década de los 50 en España y la caspa se amontonaba perezosa sobre las hombreras de los raídos trajes de los mayores. Hacía siempre frío, salvo los pocos meses en que aparecía por las calles el carrito de los helados que coincidía con la llegada de la feria que allí llamábamos “Los Caballitos”. Entre ese tropel de polvo y de pobres feriantes, embaucadores de escopetas de tiro con la mira retocada y premios de pepinillos al palillo roto a fuerza de insistir, se coló en mi ciudad imperial, aún protegida bajo palio, una bocanada de aire fresco.
Recuerdo aquella carpa blanca impoluta y sin caspa, incluso enmoquetada, con feriantes rubios o alemanes –que para entonces era lo mismo-, embutidos de impecables monos blancos. Dentro, varios monolitos revestidos de sábanas estaban coronados por unos misteriosos aparatos que eran como radios, pero que en su frontal portaban unas pequeñas pantallas que recordaban al cine de juguete. A todo aquello, los rubios le daban por nombre Visiongrafía. Allí, dentro de aquella carpa angelical, realmente no pasaba nada, no había mujeres barbudas, ni tan siquiera se esperaba a Manolita Chen; pero en las pantallas de las misteriosas cajas que albergaba, surgían unas imágenes en movimiento que mostraban a unos extraños seres de apretado traje negro y camiseta a rayas presidiarias, que se movían cual enanos bailones al ritmo de un sonido tan sincopado y enervante como incomprensible. El más rubio de los rubios feriantes repetía sin cesar que aquel milagro alemán era la radio con imágenes del futuro. A mí me daba igual lo que aquello fuese a ser, sólo me importaba lo que ya era: un milagro. ¿O no era milagroso, al menos de tanto mérito como la virgen de Fátima, la aparición de un grupo de presidiarios moviendo sus caderas, provocando escalofríos, mientras entonaban un himno pagano con incomprensible letra, mientras una batería remarcaba cada verso con un delicioso taaaaaaa…chan de los infiernos?
Pocos meses después, en un local del centro de la ciudad, abrió, efímeramente, el primer salón de máquinas del millón. A los hijos del futbolín repintado, aquel lugar nos fascinaba. Pero a mí, muy por encima de la magia de las bolas de los flippers, me sobrecogió un enorme aparato con forma de capilla de neones del que, por dos monedas y apretando una tecla, un brazo mecánico extraía un microsurco y lo hacía sonar. Allí estaban también los presidiarios. La tecla, sucia de tanto apretarla, tenía al lado un rótulo: “El nuevo ritmo del Rock & Roll por Elvis Presley y su Rock de la Cárcel”.
Así aprendimos de niños que había otros mundos lejanos y sin caspa.
mié
26
may
2010
La presencia del tiempo de Labuat en Utopía
Es mágico que el tiempo nos atrape con las horas que no vivimos y que sin embargo nos embriague su recuerdo tan presente. Es como si cada minuto de ese reloj sin manillas de la vida anterior a haber nacido, hubiera sido tan fiel a nuestra vida como el aire que exigía por derecho el poeta al tirano respirar veinte veces por minuto.
Será por gustos o porque para entonces a lo mejor ni había nacido, pero no me siento colega de romanos ni de reyes godos ni del moro Muza, pero mira por donde, pese a que estoy seguro de que creo, sin poder asegurarlo, que cuando el can-can o el cubismo o el perro andaluz o Lili Marlen, yo no estaba en esta vida, creo, y no tengo ni idea de por qué lo creo, que sí estaba.
En semejantes vericuetos temporales, me siento afortunadamente acompañado. Lo veo cada noche en Utopía, Y pensará alguno de ustedes, ¡que carcamales pisarán tal territorio!, pero siento en parte defraudarles. Los menos jóvenes, es cierto, empezamos algo antes a sentir la querencia de corrales no vividos, digamos que con los comienzos del siglo -cuando digo siglo hablo por supuesto del XX, el actual no llega por ahora a cambalache-, pero los jóvenes que son jóvenes sin adverbios ni adjetivos te hablan de Elvis o de Marilyn o de Brel como si fueran parte del top manta de sus vidas.
El sábado entró Labuat en Utopía y conocimos a Virginia Maestro. Fue contactar con el espacio de su concierto, pletórica de la juventud y frescura que ni las clases de la operación que la llevó al triunfo lograron despojarla, y ya vibraba. Se sentía rodeada del mundo de su infancia no vivida, del de sus canciones, del universo que ahora mismo está creando. Eran sus cuadros, su escenario, sus años treinta. Y sus fans aplaudían y gozaban al escuchar que felicitábamos a Virginia por haber hecho nacer su magistral voz en el Nueva Orleáns cercano a aquella depresión del 29, de la que dicen no fue culpable, al menos por una vez, Risto Mejide.
¿Qué está pasando? Yo sólo atisbo a vislumbrar que gracias al desatino de que somos muchos, de que somos los fans cultos y preparados de Virginia o del Erentxun, de que también somos la Virginia niña que tuvo de maestro a Lennon, y la Merche Corisco que compartió escenario con la Joplin años antes de ella haber nacido, y el Chano Robles que acompañó a Jacques Brel , y el Manolo Moro que dicen conoció a Satie, y los Alberto y Cristina que aún te cuentan por qué les embrujó Gardel, y la Maria José que al parecer defendió a Frida Kahlo de Rivera, y yo mismo que propuse a Picasso dejar de hacer cursiladas azules en Montmartre cuando el siglo alboreaba, y tú, amiga de la noche, que te dejas emocionar por los recuerdos que no viviste, pero que tan intensamente disfrutamos… Gracias, digo, a que somos legión silenciosa, pero aún tropel, quienes nos sentimos jóvenes y modernos y enrollados por recordar sin añoranza ese pasado que es parte de nuestras vidas, estamos capacitados y con fuerza colectiva para hacerle una cuchufleta en Utopía al futuro que dicen nos preparan con un volkswagen polo para todos. ¡Tururú!
vie
23
abr
2010
La voz de Federico García Lorca
Siempre me ha parecido emocionante escuchar recitar a un gran poeta su propia obra. Sublime Pablo Neruda cantando sus poemas sin pudor alguno, como si el Canto General fuera realmente música
compuesta para ensalzar su tierra y la letra un mero adorno. Poco antes de morir de pena, ocho días después de que un tal Pinochet matara con su golpe la Isla Negra, grabamos su voz recitando a
José Caballero...
...¿Por qué no veo a Caballero,
pintor terrestre y celestial,
con una mano en la tristeza
y la otra mano en la luz?
A ése lo veo...
También grabamos muchas tardes a Rafael Alberti en la Galería Multitud de Madrid mientras se adueñaba a bocanadas de su recién recobrada España. Era, una vez más, sorprendente música, insólita
retórica sonora, lo que de sus labios brotaba.
En aquellos años de la primera mitad de la década de los 70, hablábamos mucho de Lorca, más de su vida por cierto que de su muerte. Los que con él habían convivido tenían prisa por contarnos a
los jóvenes el íntimo anecdotario, lo que no estaba escrito, el testimonio que podía perderse con ellos para siempre. Maruja Mallo y José Caballero y Buñuel y Neruda y Alberti y Pepín Bello y
tantos otros, te contaban cien veces las mismas historias. Teníamos que aprenderlas como en el bosque de Bradbury había que saberse de memoria los libros antes que Fahrenheit 451 los prendiera,
quizá por el temor que tenían a morirse antes que aquel al parecer eterno incendiario jefe de bomberos.
De aquellas íntimas noches lorquianas, más íntimas si cabe porque aún era maldita su figura, solía surgir la charla sobre cómo era su voz, y nos hablaban de su frescura, de su tono agudo,
levemente aflautado, de su dominio obligatorio del auditorio que tenía que acabar rindiéndose incondicional, fuera quien fuese, a su imaginación y gracia desbordante. Siempre lamentando que nadie
hubiera grabado su voz, ni tan siquiera el Archivo de la Palabra del Centro de Estudios Históricos de la II República.
De aquel mítico Archivo, del que sólo dió tiempo a grabar la voz de 29 personalidades de la España de los 30, únicamente se editaron 50 ejemplares protocolarios. Luego iban a venir 5.000 copias,
pero lo que vino, como es sabido, fue el silencio.
Utopía atesora, y es cierto que es un auténtico tesoro, cinco de aquellos discos de gramófono. Están en el Museo, tu Museo. Una de esas originales grabaciones es la de Margarita Xirgu, la gran
dama de la escena española de los treinta, la amiga de poetas y vanguardistas. Ella recita El Prendimiento de Antoñito el Camborio del Romancero Gitano, y a mí se me antoja que es lo más cercano
que tenemos a la voz de Federico García Lorca.
Escúchala como sin duda la escuchó en su día Federico.
lun
12
abr
2010
Diálogos de Amor en el Estrecho II
LOS FAROS DEL ESTRECHO
... Desde una playa de Barbaría
-¡Ahí está! ¿Ves bien, hijo de mí y de Barbaría, los montes que tras el agua pierden sus picos en la bruma? Esas tierras, que al alcance de tus dedos y tus juegos parecen esperar tus correrías, son sin embargo Europa, y entre ellas y nosotros ya no hay islas de atlantes en las que apoyar tu salto, ni el Corán al abrirse tiende un puente entre las dos orillas como sucedía antaño, ahora están en la otra margen del estrecho, propiedad del sur del otro continente. Allí se fue tu padre no hace tanto... ¡Hace tanto!
Y el niño de ojos grandes, de piel oliva clara, mira las cumbres de sus juegos, y luego contempla las pequeñas olas de su mar en calma, y sigue abriendo la mirada, y cree entrever los jardines del más allá del agua, y sabe, incluso, dónde está la carretera que en la noche deja ver los faros de un auto que hace señas. Puede, piensa, que es su padre que ya vuelve.
... Desde una playa de Zahara
-¡Mira! ¡Mira! Ya ha encendido el farero de Africa su faro. ¿Lo ves bien, hijo? Fíjate bien, son cuatro destellos y un avemaría. Es el Espartel de nuestros barcos, la luz que guía a tu padre cuando sale. Es más fiel y certero que la luna, él nunca duerme. Mientras luzca el faro que África nos presta, la barca está segura. Puedes dormir tranquilo vida mía.
Y el niño se maravilla de que ese hombre amigo de su padre, que tiene la fortuna de ser el dueño de un faro, rece tanto. Porque es verdad, como siempre, lo que su madre le dice: cuando acaba el avemaría... fíjate... uno, dos, tres y cuatro. Y quiere el niño de los ojos grandes, pasar una noche en blanco acompañando al farero, pero siempre cae rendido, aunque él está seguro que mientras duerme, todo el estrecho, en la mar y en sus dos costas, reza y cuenta, cuenta y reza.
lun
29
mar
2010
Diálogos de amor en el Estrecho
LA ROSA ROTA DE LOS VIENTOS
A Zaria, madre de un poniente de ternura:
-Me ha dicho padre que la rosa de los vientos marca treinta y cuatro rumbos por el mar y por el cielo, y que cada uno es un mundo diferente. No me he atrevido a preguntarle cuántos de esos rumbos él conoce. ¿Sabes tú, madre, hasta que mundos llega su barca cuando sale?
Y ella oculta al niño su mirada triste, mientras llena de sémola su plato y le dice "a comer gañán que se va a enfriar la tajada de cordero", y no se atreve a decirle que la única rosa que él verá será la del desierto y que la rosa de los vientos de su padre es remar contra levante o remar contra poniente.
A María, madre de un levante de ternura:
-Mira madre lo que he encontrado enterrado en la arena, estoy seguro que es parte del tesoro de un pirata bereber, como aquel que vino y se llevó a la gente que dormía y luego...
Sin importarle que su madre no le escuche los cuentos que ya se sabe, el niño sigue hablando sin parar, mientras pone su dedo en el centro del tesoro y hace girar la hoja rota de una rosa de los vientos que sólo conserva enteros los costados del este y del oeste. Su madre le mira fugazmente y nada dice, porque no puede contarle que no está rota, que son así las rosas en esta tierra desde hace siglos, desde que los rumbos del norte y del sur fueron borrados de todas las bitácoras, desde que la mar, para cristianos y bereberes, sólo necesita de un pétalo para el este y otro para el oeste.
sáb
13
mar
2010
Tipas
No van de divas ni famosas. No piden que les firmes adhesiones por mucho que compartas por entero sus querencias. No buscan etiquetas en mis ropas y menos aún miden obsesivas las tallas de las
suyas.
Se llaman Patricia y te cuento que me contagia su alegría y eso que fue monja de clausura, y eso que su amor de ahora, enamorada, fue también de otra clausura y yo creo que creo que no creía que
más allá de novicias pudiera interesarme de un convento su alegría. También se llaman Patricia y me contó con su mirada de ojos grandes que no me contó nada y me dio y me da alimento con el que
pintar de verde las hojas pardas del otoño donde nace la mamiya, mientras teje al paso de Ramón, su enamorado, alfombras de algodón de azúcar para que si se cansa o nos cansamos, al menos sus
pisadas y las mías sean más leves, más dulces, más de niños juguetones en la feria.
No van de poetisas famosas por perderse en la mar como alfonsinas, pero sí son a cambio Maribel, mascarón de la proa de una quilla que con amor rompe cada tarde La Caleta mansa, para buscar entre
la arena caracolas perdidas donde un día dicen que las hubo, aunque ya ni Carlos Cano logre que vuelva a sonar la mar enredada en sus volutas.
Son tipas de la vida cotidiana, que alimentan a su paso la molesta hambruna de la desazón. Sin ellas me pierdo. Con ellas me siento más que satisfecho, pleno.
Se llaman Alicia y te deja en su mirada el fuego tranquilo de los Andes que un tal pinochet pretendió apagar de su vida y la de Cacho, sin lograr otra cosa, que no es poco, que seamos miles los
seres de su exilio que prendimos y aprendimos de su llama. Se llaman Juli, devota del sol que impregna el sur que ansía, feligresa del problema ajeno, elegante del Chanel que perfuma su presencia
a nuestro lado.
Son tipas que no van de heroínas de leyenda ni de comic, son sólo diosas del cielo de la buena gente.
Se llaman Consuelo por la noche, luminoso azabache en las pupilas de Vicente por el día, y se llaman Consuelo tras la noche, regalándonos glamour, pese a quien pese por el día, como si gratis
fuera antes muerta que sencilla.
Son tipas que enriquecen sus vidas dando lo que tienen a quien quieren. Sin más, Sin nada a cambio.
Se llaman María José, qué decir que no diga a gritos para siempre de por vida su mirada, su silencio.
Haga frío o calor, siempre están. Nunca son luna nueva o sol menguante. Siempre son luna de día o sol de noche para quien, perdido, como yo a veces, necesite su luz de amor callado.
Son tipas que nada esperan porque siempre caminan, calladamente enamorando.
mar
23
feb
2010
María Teresa León
La última noche en que se perdió por la arboleda
Fuimos a Roma buscando a Rafael Alberti para convencerle de lo que más le gustaba que alguien le convenciera: que antes que poeta era pintor. Era el verano del 75. Rafael reinaba en el corazón del Trastévere romano. Afortunadamente no había obra pictórica suficiente para montar una antológica suya en el Madrid recién liberado del oprobio, con lo cual siguió siendo escritor. Nada impedía en aquella Roma aún presa de Fellini, y tampoco su avanzada edad, que Rafael oficiara de poeta divino, de galán enamorador de jóvenes y nerviosas periodistas, de iconoclasta de ese exilio que ya al fin se le escurría como el agua por el puño, de referente reverenciado y respetado por la cúpula de la delincuencia romana que allí, en el barrio, también moraba. Mi coche, como era obligado para todo españolito que en el corazón de Roma osase penetrar motorizado, había sido concienzudamente desvalijado al lado del Vaticano, así todo quedaba en casa. Fue enterarse Rafael, y con una naturalidad pasmosa marcó un número de teléfono, dio dos datos vaya usted a saber a quién, colgó y siguió hablando de pintura, haciendo sólo un breve inciso para comunicar que en menos de media hora llevarían a su casa todo lo robado. Rafael era para entonces grande, era fuerte, era querido y le encantaba demostrarlo. Rafael se dejaba admirar de todos y no hacía ascos al querer de todas a las que él previamente hubiese seleccionado. María Teresa no estaba.
Por la tarde nos fuimos con él al pequeño pueblo de Antícoli Corrado, su segunda residencia. Y allí apareció María Teresa, en el breve jardín de la humilde y hermosa casa de verano, rodeada del sabor del Lazio y el olor de las olivas. Eran fiestas. Rafael, nada más llegar al pueblo, había cerrado el telón de su ya algo monótono donjuán romano y había entreabierto, con bastante menos pasión escénica, el palco en que tranquila y plena descansaba la mirada de su compañera: “mira María Teresa qué jóvenes son, vienen de España a por nosotros”. María Teresa sonreía sin cesar e insistía en su pronta entrada a lomos de caballo blanco por la Puerta de Alcalá, para allí, desde lo alto, salvar de nuevo al Museo del Prado que ella ya había salvado. Sus dos melenas blancas parecían curtidas de igual urdimbre de exilio desgarrado, pero la de María Teresa era más eléctrica, sin rayas ni peinados, sólo quebrantos.
Llegó la noche y la cena. Quien menos hablaba era ella pero daba igual, ya hacía horas que se había adueñado del mundo. Cada palabra suya, por incomprensible o desconectada que sonara, nos devolvía a todos, también a Rafael, al mandato de la autoridad intelectual y moral de la España que ella seguía representando allí donde estuviese. Comenzaron los fuegos artificiales de fin de fiesta en lo alto de Antícoli Corrado. María Teresa León se levantó de la silla metálica y algo oxidada del jardín, y comenzó una arenga. Quizá la última. “Esos truenos no anuncian nada bueno” “¡Cuidado… pueden descubrir nuestra posición!” “María Teresa, no son truenos ni rayos, son fuegos artificiales” corregía sin demasiado afán Rafael. Poco o nada le gustó esa matización. Se creció, erguida, con la luna elevando su costado, mirando hacia lo alto, con el micrófono de la vida colgando del plató del valle: “¿Pero no veis que son rayos? ¿No veis que iluminan a ráfagas la arboleda hasta perderse?”
mié
03
feb
2010
Músicos
Último eslabón con la bohemia. Legión romana por el tropel de su cuantía. Trotamundos medievales entre antros y palacios. Pícaros sin ciego. Fervientes enamorados de una noche. Poetas condensados como el twitter. Ladrones de sorbos y de besos. Manirrotos de excesos y locuras. Tímidos entre las mesas. Dioses paganos en la escena. Avaros de añoranzas. Generosos en recuerdos recreados. Vencedores por dos horas. Derrotados sin remedio. Reyes de baraja. Bebedores de lo que sea, a poder ser sin hielo y échale todo el MySpace que quepa. Infieles irredentos. Vendedores de cedés que nadie compra. Mercaderes de sueños. Filósofos del desencanto.
Niñas malas. Mujeres fatales. Voces modositas cuando juegan de tontunas. Lamentos procaces cuando quieren ser hirientes como el fado. Cuerpo de baile. Desnudo aún vestido Inaccesible como el vals
de mil tiempos. Gafas de sol por el día. Ojos de gata para ti, Sabina, por la noche. Devotas de la reber. Heroínas. Heroicas. La niña de mis ojos y los tuyos cuando canta, cuando danza, cuando
toca. La oveja descarriada del padre bienpensante. Reinas de noches y deseos. Purpurina divina bajo el foco. Sudor de sudor sin más tras el concierto. Centro del mundo por dos horas. Demasía en
las tablas. Demasiada soledad en el silencio. Demasiado silencio de noches sin concierto.
Ellas y ellos es lo que aún queda. No hay más bohemia.
Gracias.
vie
29
ene
2010
La mirada ardiente
Ferrán Adriá, como cualquier gran genio, no improvisa. O si se prefiere, las genialidades encierran detrás un gran trabajo, cientos de horas de reflexión. La genialidad como sinónimo de
ocurrencia es simplemente eso, una ocurrencia. Hace ya año y medio, en el Agosto que compartimos en Utopía, Ferrán me anunció el cierre de El Bulli. "Esto es ya un disparate. ¿Conoces a alguna
empresa que tenga en plantilla a alguien cuya misión sea decir no a quien llama?... Pues bien, en El Bulli tenemos a dos en nómina sólo para decir que no a las peticiones de reserva".
Las miradas ardientes de la creatividad nunca han necesitado de un local concreto en el que asentar su trabajo. Picasso o Caruso o Verdi no eran un taller ni un estudio ni un teatro, eran ellos
con su obra, o aún más, eran su obra aún sin ellos, pero nunca un sitio, fetichismos aparte.
Adriá está absolutamente por delante de clasificaciones que le encumbran a ser el primero entre los primeros, está a años luz de ser dueño y alma del primer restaurante del mundo, y está a la
misma distancia que nos separa del Big Bang de tener tres estrellas Michelín. Ferrán es vanguardia pura. Quien diga que ha ido a El Bulli y le ha gustado o no le ha gustado lo que allí ha comido
es que simplemente no ha ido. En el Bulli no se come, eres parte de una función tan novedosa que ni nombre tiene. En su ruptura total con el canon sagrado del comer, le faltaba romper una amarra,
la que le ataba a la tiranía convencional del restaurante. Nunca más abrirá. Y él, por supuesto, sabe desde hace tiempo lo que dentro de dos años va a suceder.
Sugiero a los inspectores de la Guía Michelín que vayan reservando los billetes porque El Bulli, comandado siempre por la ardiente mirada del genio, ya se ha calzado las ruedas y dentro de poco
habrá que buscar pacientemente por los cinco continentes donde recaba el primer restaurante del mundo y de la historia sin restaurante.
jue
21
ene
2010
La Teoría de la Conspiración
Cuando enseñamos en el Museo de Utopía el original de la Revista LIFE de Julio de1937, en el que la prestigiosa revista americana publicó la foto de Robert Capa, de la muerte del Miliciano, raro
es que el visitante no manifieste que ha oído o leído que la imagen es falsa o está trucada.
Sin entrar en el fondo insondable de lo que esa tarde allí sucedió exactamente, ni olvidar que no es raro que haya cocina tras las fotos más famosas de la historia, no puedo evitar en este caso
oleadas de perplejidad.
Al parecer hay auténtica pasión últimamente por dejar claro que el tal Capa era un farsante, un chiquilicuatro, un oportunista, un don nadie. Aunque no deja de resultar curioso que a la hora de
valorar desde España a un artista de tan larga trayectoria y prestigio, se le juzgue por el anecdotario de su primera foto publicada a escala mundial, no se puede ignorar que era periodista y
extranjero, maridaje obviamente sospechoso, aún hoy. Pero lo que ya no resulta tan trivial es que no se suele mencionar que para poder efectuar el cambalache aquella tarde en Cerro Muriano o
dónde fuese, se necesitó de la activa colaboración y complicidad del miliciano, de sus compañeros de armas, de los demás periodistas presentes, incluida la novia de Capa, la más que ilustre y
famosa mundialmente reportera de guerra del Life, Gerda Taro. Todos, en pleno frente, orquestando un sainete, un disparate goyesco, una broma de muy mal gusto que, encima, y eso nadie lo duda,
terminó aquel mismo día con la muerte de varios de ellos.
Y digo yo, ¿y si toda la tragedia fue mentira?, ¿y si realmente los símbolos y documentos que avalan o avalaban aquel hecho o miles de otros hechos, fueron fruto de una gigantesca conspiración?
Realmente... ¿existió Franco?
jue
14
ene
2010
Cadáver Exquisito
Fue en un pueblo sin mar. Mikel Urmeneta llegó una noche de verano a Utopía y se quedó para siempre. De los múltiples papeles que le adjudican en su vida, optó por ser lo que es, cadáver
exquisito. Gin Tonics con pepino y mojitos que se iban endulzando a medida que se acercaba la madrugada, fueron los guardianes del espíritu cierto y surreal de la realidad que esa noche compartió
Mikel con Merche, Jabi y conmigo. El cadáver exquisito, ese juego perverso e inocente creado por los surrealistas, consistente en escribir un texto, mostrar sólo la última frase al siguiente
amigo escritor y así hasta completar una narración con la coherencia del azar y la fortuna del inconsciente colectivo, fue, en decenas de intentos, la fragua de la amistad.
Me había contado Maruja Mallo sus noches de cadáveres exquisitos en los treinta con Paul Éluard y André Breton. Me había relatado don Luis Buñuel como en la Residencia de Estudiantes era un juego
casi obligado en la habitación de Dalí o Federico. También Eduardo Westerdhal y Pérez Minik me dijeron como se dibujaban, con igual técnica que los relatos, cadáveres exquisitos en el París de
los treinta ... pero nadie hasta esa noche se me había acercado y, con la misma naturalidad con que se propone compartir copa y desamores, me había planteado hacerlos.
Hoy, pasados varios meses de esa noche, sé que Mikel Urmeneta no es nada de lo que la gente cree que es. No es gin tonic, ni mojito, ni iconoclasta, ni loco, ni fiestas, ni gastrónomo, ni amante,
ni genio, ni fotógrafo excelente, ni, aún menos, dibujante. Mikel no es tampoco un cadáver y evidentemente para nada es exquisito. Mikel es simplemente el niño perdido de las noches, que busca
por Nueva York, Pamplona o Benalup, con quien poder compartir su inocencia.
mié
06
ene
2010
El Cabaret de la Utopía
Cuando prende el cabaret en Utopía, se apaga la razón. Nada es igual. El tiempo se mide en sorbos. Los sorbos son miradas, las miradas compases, el compás latidos, el silencio pasión.
Cuando hacemos cabaret en Utopía, no hay más mundo ni más noche que el que trenzamos cada fugaz instante, para unir cada nudo con el otro y, entre todos, tender un velo por la sala que oculta la
monótona verdad y realza lo único que en verdad vale, la dulce mentira del ensueño de estar vivos.
Cuando el piano penetra, el trombón hiere, la voz besa húmeda la piel, el baile nos abraza, el violoncello cuenta a su aire y a sus cuerdas no se qué lamentos y Lili Marlen nos hace sumisos de
amor de barro en las trincheras, sólo queda un suspiro de falda por el aire, una imagen borrosa que intentamos apropiarnos, pero vuela y se deshace, dejando en el angosto espacio entre falda y
muslo hueco suficiente para albergar entero el cabaret, el mismo de siempre, el que reduce la vida a la verdad de un trozo de tela cimbreando en la noche sobre un pedazo de piel que al fin es
nuestro.
Recomiendo beber licor de oro o absenta. También funciona pedir champagne, beber sólo una copa e invitar a quien te plazca.
mié
23
dic
2009
Mikel Erentxun
No hay detrás historias que te cuente. Como si fuera hoy la noche en que decidió cantar. No hay agazapados estornudos de fama con los que adornar leyendas. Como si fuera fruto del azar que le esperen padre e hijo el autógrafo fetichista del renombre. No rompe el ritmo de su lento latido de paz y maratón ni Manolo Moro pidiéndole durante dos horas que cifre sus acordes para hacerlos partitura con los que acompañar al piano el Detalle del Miedo. Como si el tiempo y los acordes estuvieran siempre de su lado. No pide explicación alguna del porqué le llamé Ulises y reclamé su presencia en el escenario como la vuelta a Itaca del guerrero que a su pueblo le fue fiel. Como si tuviera serenamente asumido que en su mundo es rey y que su mundo es de aquel que quiere entrar y que la Itaca de su mundo está justo en el sitio en que su voz y su guitarra suenan.
La utopía estuvo el sábado en la yema de los dedos del corazón de más de cien gargantas. La suya y las nuestras. Entre todos
hicimos el concierto y nos salió de maravilla.














