EL BLOG

Por Miguel Ángel Fernández, creador de Utopía

vie

16

jul

2010

Cuando el poeta dice quien somos

El poeta es un loco de amor solitario, un guerrero sin batallas, un fiel recitador de sus lecturas sin lectores que conozcan sus poemas. El poeta, alguna vez, pocas, logra ser oído, porque es sabido que apenas dejan decir que somos quien somos. No sabía que José Miguel Alguero, amigo de la utopía y por tanto mío, fuera también poeta. En esta humilde ventana le invito a que se asome para que todos conozcamos como se forjan versos de utopía.

 

Para un Michelangelo y su (mi) Fonda Utopía.

Es una puerta, apenas escueta cicatriz

de una fachada resumida e impasible

que incita sin embargo a sospechar un secreto.

¡Ábrete Sésamo! cuchichea en el cerebro y te apetece vocear:

¡Ábrete Sésamo y agriétame este velo de sombra incalculable!

Entrégame tu umbral de hornacinas doncellas

y déjame inhalar hechizos y emerger magnetizado

a ese corredor que primoroso se atavía con envolturas y efigies y paneles,

para sentir la chispa de algo recóndito que espera allí detrás y otra vez.

 

Ese fuego es la caverna; es una fonda y es una cripta

de culto cenacular, íntimo y dulce de algún modo,

en donde resuenan pisadas de zapatos topolino

atemperados por faldas gozosamente negras.

Hay un halo profundo de óleo en el paisaje,

la luz eléctrica humedece y parpadea en las farolas

como si alguien acabara de inventarla.

Un piano bosteza en un rincón con fragancias de arpa arrinconada;

la sombra de un Borsalino se apoya contra la barra como soñando utopías,

Charlot y los Hermanos Marx se persiguen por frisos y metopas

mientras Buster Keaton los observa sin saberse acomplejado.

Ya se había quedado atrás el Empire State y ahora

te asalta una columna confundida porque quiso ser hija de Miró

y que quizá haya decidido llamarse

Maria de los Remedios Alicia Rodriga Varo y Uranga.

 

Hay un halo profundo de óleo en el paisaje,

hay primor, hay impulso y hay deseo

en esta fonda fronda tapizada de blancos manteles

y vajillas titánicas que soportan viandas eclécticas y florecidas.

Los zapatos alycristangueros repiquetean en las mesas

alzando los pies femeninos torbellinos de servilletas erotizadas

que sigue con ojos sicalípticos el dueño del burro de atún y chocolate.

Ensimismados tanguean el aire los altavoces

sin atisbar que el roce de robles sedoso hace relucir al piano.

Y porque en Corisco los benga también tienen hembras hermosas,

con un batir de blancas telas diosas que ondean por el éter de la sala

¡Llega Inanna! ¡Ha llegado la carne acariciada!

Sobran las palabras; la sombra del Borsalino gravita sobre la barra

y yo, así lo recuerdo todo, he renacido hace 80 años.

 

José Miguel Alguero García

León julio de 2010

 

2 comentarios

jue

10

jun

2010

El Rock de la Cárcel

Terminaba la década de los 50 en España y la caspa se amontonaba perezosa sobre las hombreras de los raídos trajes de los mayores. Hacía siempre frío, salvo los pocos meses en que aparecía por las calles el carrito de los helados que coincidía con la llegada de la feria que allí llamábamos “Los Caballitos”. Entre ese tropel de polvo y de pobres feriantes, embaucadores de escopetas de tiro con la mira retocada y premios de pepinillos al palillo roto a fuerza de insistir, se coló en mi ciudad imperial, aún protegida bajo palio, una bocanada de aire fresco.

Recuerdo aquella carpa blanca impoluta y sin caspa, incluso enmoquetada, con feriantes rubios o alemanes –que para entonces era lo mismo-, embutidos de impecables monos blancos. Dentro, varios monolitos revestidos de sábanas estaban coronados por unos misteriosos aparatos que eran como radios, pero que en su frontal portaban unas pequeñas pantallas que recordaban al cine de juguete. A todo aquello, los rubios le daban por nombre Visiongrafía. Allí, dentro de aquella carpa angelical, realmente no pasaba nada, no había mujeres barbudas, ni tan siquiera se esperaba a Manolita Chen; pero en las pantallas de las misteriosas cajas que albergaba, surgían unas imágenes en movimiento que mostraban a unos extraños seres de apretado traje negro y camiseta a rayas presidiarias, que se movían cual enanos bailones al ritmo de un sonido tan sincopado y enervante como incomprensible. El más rubio de los rubios feriantes repetía sin cesar que aquel milagro alemán era la radio con imágenes del futuro. A mí me daba igual lo que aquello fuese a ser, sólo me importaba lo que ya era: un milagro. ¿O no era milagroso, al menos de tanto mérito como la virgen de Fátima, la aparición de un grupo de presidiarios moviendo sus caderas, provocando escalofríos, mientras entonaban un himno pagano con incomprensible letra, mientras una batería remarcaba cada verso con un delicioso taaaaaaa…chan de los infiernos?

Pocos meses después, en un local del centro de la ciudad, abrió, efímeramente, el primer salón de máquinas del millón. A los hijos del futbolín repintado, aquel lugar nos fascinaba. Pero a mí, muy por encima de la magia de las bolas de los flippers, me sobrecogió un enorme aparato con forma de capilla de neones del que, por dos monedas y apretando una tecla, un brazo mecánico extraía un microsurco y lo hacía sonar. Allí estaban también los presidiarios. La tecla, sucia de tanto apretarla, tenía al lado un rótulo: “El nuevo ritmo del Rock & Roll por Elvis Presley y su Rock de la Cárcel”.

Así aprendimos de niños que había otros mundos lejanos y sin caspa.

 

5 comentarios

mié

26

may

2010

La presencia del tiempo de Labuat en Utopía

Es mágico que el tiempo nos atrape con las horas que no vivimos y que sin embargo nos embriague su recuerdo tan presente. Es como si cada minuto de ese reloj sin manillas de la vida anterior a haber nacido, hubiera sido tan fiel a nuestra vida como el aire que exigía por derecho el poeta al tirano respirar veinte veces por minuto.

 

Será por gustos o porque para entonces a lo mejor ni había nacido, pero no me siento colega de romanos ni de reyes godos ni del moro Muza, pero mira por donde, pese a que estoy seguro de que creo, sin poder asegurarlo, que cuando el can-can o el cubismo o el perro andaluz o Lili Marlen, yo no estaba en esta vida, creo, y no tengo ni idea de por qué lo creo, que sí estaba.

 

En semejantes vericuetos temporales, me siento afortunadamente acompañado. Lo veo cada noche en Utopía, Y pensará alguno de ustedes, ¡que carcamales pisarán tal territorio!, pero siento en parte defraudarles. Los menos jóvenes, es cierto, empezamos algo antes a sentir la querencia de corrales no vividos, digamos que con los comienzos del siglo -cuando digo siglo hablo por supuesto del XX, el actual no llega por ahora a cambalache-, pero los jóvenes que son jóvenes sin adverbios ni adjetivos te hablan de Elvis o de Marilyn o de Brel como si fueran parte del top manta de sus vidas.

 

El sábado entró Labuat en Utopía y conocimos a Virginia Maestro. Fue contactar con el espacio de su concierto, pletórica de la juventud y frescura que ni las clases de la operación que la llevó al triunfo lograron despojarla, y ya vibraba. Se sentía rodeada del mundo de su infancia no vivida, del de sus canciones, del universo que ahora mismo está creando. Eran sus cuadros, su escenario, sus años treinta. Y sus fans aplaudían y gozaban al escuchar que felicitábamos a Virginia por haber hecho nacer su magistral voz en el Nueva Orleáns cercano a aquella depresión del 29, de la que dicen no fue culpable, al menos por una vez, Risto Mejide.

 

¿Qué está pasando? Yo sólo atisbo a vislumbrar que gracias al desatino de que somos muchos, de que somos los fans cultos y preparados de Virginia o del Erentxun, de que también somos la Virginia niña que tuvo de maestro a Lennon, y la Merche Corisco que compartió escenario con la Joplin años antes de ella haber nacido, y el Chano Robles que acompañó a Jacques Brel , y el Manolo Moro que dicen conoció a Satie, y los Alberto y Cristina que aún te cuentan por qué les embrujó Gardel, y la Maria José que al parecer defendió a Frida Kahlo de Rivera, y yo mismo que propuse a Picasso dejar de hacer cursiladas azules en Montmartre cuando el siglo alboreaba, y tú, amiga de la noche, que te dejas emocionar por los recuerdos que no viviste, pero que tan intensamente disfrutamos… Gracias, digo, a que somos legión silenciosa, pero aún tropel, quienes nos sentimos jóvenes y modernos y enrollados por recordar sin añoranza ese pasado que es parte de nuestras vidas, estamos capacitados y con fuerza colectiva para hacerle una cuchufleta en Utopía al futuro que dicen nos preparan con un volkswagen polo para todos. ¡Tururú!

 

1 comentarios

vie

23

abr

2010

La voz de Federico García Lorca

YouTube-Video

Siempre me ha parecido emocionante escuchar recitar a un gran poeta su propia obra. Sublime Pablo Neruda cantando sus poemas sin pudor alguno, como si el Canto General fuera realmente música compuesta para ensalzar su tierra y la letra un mero adorno. Poco antes de morir de pena, ocho días después de que un tal Pinochet matara con su golpe la Isla Negra, grabamos su voz recitando a José Caballero...
...¿Por qué no veo a Caballero,
pintor terrestre y celestial,
con una mano en la tristeza
y la otra mano en la luz?
A ése lo veo...
También grabamos muchas tardes a Rafael Alberti en la Galería Multitud de Madrid mientras se adueñaba a bocanadas de su recién recobrada España. Era, una vez más, sorprendente música, insólita retórica sonora, lo que de sus labios brotaba.
En aquellos años de la primera mitad de la década de los 70, hablábamos mucho de Lorca, más de su vida por cierto que de su muerte. Los que con él habían convivido tenían prisa por contarnos a los jóvenes el íntimo anecdotario, lo que no estaba escrito, el testimonio que podía perderse con ellos para siempre. Maruja Mallo y José Caballero y Buñuel y Neruda y Alberti y Pepín Bello y tantos otros, te contaban cien veces las mismas historias. Teníamos que aprenderlas como en el bosque de Bradbury había que saberse de memoria los libros antes que Fahrenheit 451 los prendiera, quizá por el temor que tenían a morirse antes que aquel al parecer eterno incendiario jefe de bomberos.
De aquellas íntimas noches lorquianas, más íntimas si cabe porque aún era maldita su figura, solía surgir la charla sobre cómo era su voz, y nos hablaban de su frescura, de su tono agudo, levemente aflautado, de su dominio obligatorio del auditorio que tenía que acabar rindiéndose incondicional, fuera quien fuese, a su imaginación y gracia desbordante. Siempre lamentando que nadie hubiera grabado su voz, ni tan siquiera el Archivo de la Palabra del Centro de Estudios Históricos de la II República.
De aquel mítico Archivo, del que sólo dió tiempo a grabar la voz de 29 personalidades de la España de los 30, únicamente se editaron 50 ejemplares protocolarios. Luego iban a venir 5.000 copias, pero lo que vino, como es sabido, fue el silencio.
Utopía atesora, y es cierto que es un auténtico tesoro, cinco de aquellos discos de gramófono. Están en el Museo, tu Museo. Una de esas originales grabaciones es la de Margarita Xirgu, la gran dama de la escena española de los treinta, la amiga de poetas y vanguardistas. Ella recita El Prendimiento de Antoñito el Camborio del Romancero Gitano, y a mí se me antoja que es lo más cercano que tenemos a la voz de Federico García Lorca.

Escúchala como sin duda la escuchó en su día Federico.

1 comentarios

lun

12

abr

2010

Diálogos de Amor en el Estrecho II

LOS FAROS DEL ESTRECHO

 

... Desde una playa de Barbaría

 

-¡Ahí está! ¿Ves bien, hijo de mí y de Barbaría, los montes que tras el agua pierden sus picos en la bruma? Esas tierras, que al alcance de tus dedos y tus juegos parecen esperar tus correrías, son sin embargo Europa, y entre ellas y nosotros ya no hay islas de atlantes en las que apoyar tu salto, ni el Corán al abrirse tiende un puente entre las dos orillas como sucedía antaño, ahora están en la otra margen del estrecho, propiedad del sur del otro continente. Allí se fue tu padre no hace tanto... ¡Hace tanto!

Y el niño de ojos grandes, de piel oliva clara, mira las cumbres de sus juegos, y luego contempla las pequeñas olas de su mar en calma, y sigue abriendo la mirada, y cree entrever los jardines del más allá del agua, y sabe, incluso, dónde está la carretera que en la noche deja ver los faros de un auto que hace señas. Puede, piensa, que es su padre que ya vuelve.


... Desde una playa de Zahara

 

-¡Mira! ¡Mira! Ya ha encendido el farero de Africa su faro. ¿Lo ves bien, hijo? Fíjate bien, son cuatro destellos y un avemaría. Es el Espartel de nuestros barcos, la luz que guía a tu padre cuando sale. Es más fiel y certero que la luna, él nunca duerme. Mientras luzca el faro que África nos presta, la barca está segura. Puedes dormir tranquilo vida mía.

Y el niño se maravilla de que ese hombre amigo de su padre, que tiene la fortuna de ser el dueño de un faro, rece tanto. Porque es verdad, como siempre, lo que su madre le dice: cuando acaba el avemaría... fíjate... uno, dos, tres y cuatro. Y quiere el niño de los ojos grandes, pasar una noche en blanco acompañando al farero, pero siempre cae rendido, aunque él está seguro que mientras duerme, todo el estrecho, en la mar y en sus dos costas, reza y cuenta, cuenta y reza.

0 comentarios

lun

29

mar

2010

Diálogos de amor en el Estrecho

LA ROSA ROTA DE LOS VIENTOS

 

A Zaria, madre de un poniente de ternura:

 

-Me ha dicho padre que la rosa de los vientos marca treinta y cuatro rumbos por el mar y por el cielo, y que cada uno es un mundo diferente. No me he atrevido a preguntarle cuántos de esos rumbos él conoce. ¿Sabes tú, madre, hasta que mundos llega su barca cuando sale?

Y ella oculta al niño su mirada triste, mientras llena de sémola su plato y le dice "a comer gañán que se va a enfriar la tajada de cordero", y no se atreve a decirle que la única rosa que él verá será la del desierto y que la rosa de los vientos de su padre es remar contra levante o remar contra poniente.


A María, madre de un levante de ternura:

 

-Mira madre lo que he encontrado enterrado en la arena, estoy seguro que es parte del tesoro de un pirata bereber, como aquel que vino y se llevó a la gente que dormía y luego...

Sin importarle que su madre no le escuche los cuentos que ya se sabe, el niño sigue hablando sin parar, mientras pone su dedo en el centro del tesoro y hace girar la hoja rota de una rosa de los vientos que sólo conserva enteros los costados del este y del oeste. Su madre le mira fugazmente y nada dice, porque no puede contarle que no está rota, que son así las rosas en esta tierra desde hace siglos, desde que los rumbos del norte y del sur fueron borrados de todas las bitácoras, desde que la mar, para cristianos y bereberes, sólo necesita de un pétalo para el este y otro para el oeste.

 

1 comentarios

sáb

13

mar

2010

Tipas

No van de divas ni famosas. No piden que les firmes adhesiones por mucho que compartas por entero sus querencias. No buscan etiquetas en mis ropas y menos aún miden obsesivas las tallas de las suyas.
Se llaman Patricia y te cuento que me contagia su alegría y eso que fue monja de clausura, y eso que su amor de ahora, enamorada, fue también de otra clausura y yo creo que creo que no creía que más allá de novicias pudiera interesarme de un convento su alegría. También se llaman Patricia y me contó con su mirada de ojos grandes que no me contó nada y me dio y me da alimento con el que pintar de verde las hojas pardas del otoño donde nace la mamiya, mientras teje al paso de Ramón, su enamorado, alfombras de algodón de azúcar para que si se cansa o nos cansamos, al menos sus pisadas y las mías sean más leves, más dulces, más de niños juguetones en la feria.
No van de poetisas famosas por perderse en la mar como alfonsinas, pero sí son a cambio Maribel, mascarón de la proa de una quilla que con amor rompe cada tarde La Caleta mansa, para buscar entre la arena caracolas perdidas donde un día dicen que las hubo, aunque ya ni Carlos Cano logre que vuelva a sonar la mar enredada en sus volutas.
Son tipas de la vida cotidiana, que alimentan a su paso la molesta hambruna de la desazón. Sin ellas me pierdo. Con ellas me siento más que satisfecho, pleno.
Se llaman Alicia y te deja en su mirada el fuego tranquilo de los Andes que un tal pinochet pretendió apagar de su vida y la de Cacho, sin lograr otra cosa, que no es poco, que seamos miles los seres de su exilio que prendimos y aprendimos de su llama. Se llaman Juli, devota del sol que impregna el sur que ansía, feligresa del problema ajeno, elegante del Chanel que perfuma su presencia a nuestro lado.
Son tipas que no van de heroínas de leyenda ni de comic, son sólo diosas del cielo de la buena gente.
Se llaman Consuelo por la noche, luminoso azabache en las pupilas de Vicente por el día, y se llaman Consuelo tras la noche, regalándonos glamour, pese a quien pese por el día, como si gratis fuera antes muerta que sencilla.
Son tipas que enriquecen sus vidas dando lo que tienen a quien quieren. Sin más, Sin nada a cambio.
Se llaman María José, qué decir que no diga a gritos para siempre de por vida su mirada, su silencio.
Haga frío o calor, siempre están. Nunca son luna nueva o sol menguante. Siempre son luna de día o sol de noche para quien, perdido, como yo a veces, necesite su luz de amor callado.
Son tipas que nada esperan porque siempre caminan, calladamente enamorando.

3 comentarios

mar

23

feb

2010

María Teresa León

La última noche en que se perdió por la arboleda

Fuimos a Roma buscando a Rafael Alberti para convencerle de lo que más le gustaba que alguien le convenciera: que antes que poeta era pintor. Era el verano del 75. Rafael reinaba en el corazón del Trastévere romano. Afortunadamente no había obra pictórica suficiente para montar una antológica suya en el Madrid recién liberado del oprobio, con lo cual siguió siendo escritor. Nada impedía en aquella Roma aún presa de Fellini, y tampoco su avanzada edad, que Rafael oficiara de poeta divino, de galán enamorador de jóvenes y nerviosas periodistas, de iconoclasta de ese exilio que ya al fin se le escurría como el agua por el puño, de referente reverenciado y respetado por la cúpula de la delincuencia romana que allí, en el barrio, también moraba. Mi coche, como era obligado para todo españolito que en el corazón de Roma osase penetrar motorizado, había sido concienzudamente desvalijado al lado del Vaticano, así todo quedaba en casa. Fue enterarse Rafael, y con una naturalidad pasmosa marcó un número de teléfono, dio dos datos vaya usted a saber a quién, colgó y siguió hablando de pintura, haciendo sólo un breve inciso para comunicar que en menos de media hora llevarían a su casa todo lo robado. Rafael era para entonces grande, era fuerte, era querido y le encantaba demostrarlo. Rafael se dejaba admirar de todos y no hacía ascos al querer de todas a las que él previamente hubiese seleccionado. María Teresa no estaba.

Por la tarde nos fuimos con él al pequeño pueblo de Antícoli Corrado, su segunda residencia. Y allí apareció María Teresa, en el breve jardín de la humilde y hermosa casa de verano, rodeada del sabor del Lazio y el olor de las olivas. Eran fiestas. Rafael, nada más llegar al pueblo, había cerrado el telón de su ya algo monótono donjuán romano y había entreabierto, con bastante menos pasión escénica, el palco en que tranquila y plena descansaba la mirada de su compañera: “mira María Teresa qué jóvenes son, vienen de España a por nosotros”. María Teresa sonreía sin cesar e insistía en su pronta entrada a lomos de caballo blanco por la Puerta de Alcalá, para allí, desde lo alto, salvar de nuevo al Museo del Prado que ella ya había salvado. Sus dos melenas blancas parecían curtidas de igual urdimbre de exilio desgarrado, pero la de María Teresa era más eléctrica, sin rayas ni peinados, sólo quebrantos.

Llegó la noche y la cena. Quien menos hablaba era ella pero daba igual, ya hacía horas que se había adueñado del mundo. Cada palabra suya, por incomprensible o desconectada que sonara, nos devolvía a todos, también a Rafael, al mandato de la autoridad intelectual y moral de la España que ella seguía representando allí donde estuviese. Comenzaron los fuegos artificiales de fin de fiesta  en lo alto de Antícoli Corrado. María Teresa León se levantó de la silla metálica y algo oxidada del jardín, y comenzó una arenga. Quizá la última. “Esos truenos no anuncian nada bueno” “¡Cuidado… pueden descubrir nuestra posición!” “María Teresa, no son truenos ni rayos, son fuegos artificiales” corregía sin demasiado afán Rafael. Poco o nada le gustó esa matización. Se creció, erguida, con la luna elevando su costado, mirando hacia lo alto, con el micrófono de la vida colgando del plató del valle: “¿Pero no veis que son rayos? ¿No veis que iluminan a ráfagas la arboleda hasta perderse?”

4 comentarios

mié

03

feb

2010

Músicos

Último eslabón con la bohemia. Legión romana por el tropel de su cuantía. Trotamundos medievales entre antros y palacios. Pícaros sin ciego. Fervientes enamorados de una noche. Poetas condensados como el twitter. Ladrones de sorbos y de besos. Manirrotos de excesos y locuras. Tímidos entre las mesas. Dioses paganos en la escena. Avaros de añoranzas. Generosos en recuerdos recreados. Vencedores por dos horas. Derrotados sin remedio. Reyes de baraja. Bebedores de lo que sea, a poder ser sin hielo y échale todo el MySpace que quepa. Infieles irredentos. Vendedores de cedés que nadie compra. Mercaderes de sueños. Filósofos del desencanto.


Niñas malas. Mujeres fatales. Voces modositas cuando juegan de tontunas. Lamentos procaces cuando quieren ser hirientes como el fado. Cuerpo de baile. Desnudo aún vestido Inaccesible como el vals de mil tiempos. Gafas de sol por el día. Ojos de gata para ti, Sabina, por la noche. Devotas de la reber. Heroínas. Heroicas. La niña de mis ojos y los tuyos cuando canta, cuando danza, cuando toca. La oveja descarriada del padre bienpensante. Reinas de noches y deseos. Purpurina divina bajo el foco. Sudor de sudor sin más tras el concierto. Centro del mundo por dos horas. Demasía en las tablas. Demasiada soledad en el silencio. Demasiado silencio de noches sin concierto.
Ellas y ellos es lo que aún queda. No hay más bohemia.
Gracias.

4 comentarios

vie

29

ene

2010

La mirada ardiente

Ferrán Adriá, como cualquier gran genio, no improvisa. O si se prefiere, las genialidades encierran detrás un gran trabajo, cientos de horas de reflexión. La genialidad como sinónimo de ocurrencia es simplemente eso, una ocurrencia. Hace ya año y medio, en el Agosto que compartimos en Utopía, Ferrán me anunció el cierre de El Bulli. "Esto es ya un disparate. ¿Conoces a alguna empresa que tenga en plantilla a alguien cuya misión sea decir no a quien llama?... Pues bien, en El Bulli tenemos a dos en nómina sólo para decir que no a las peticiones de reserva".
Las miradas ardientes de la creatividad nunca han necesitado de un local concreto en el que asentar su trabajo. Picasso o Caruso o Verdi no eran un taller ni un estudio ni un teatro, eran ellos con su obra, o aún más, eran su obra aún sin ellos, pero nunca un sitio, fetichismos aparte.
Adriá está absolutamente por delante de clasificaciones que le encumbran a ser el primero entre los primeros, está a años luz de ser dueño y alma del primer restaurante del mundo, y está a la misma distancia que nos separa del Big Bang de tener tres estrellas Michelín. Ferrán es vanguardia pura. Quien diga que ha ido a El Bulli y le ha gustado o no le ha gustado lo que allí ha comido es que simplemente no ha ido. En el Bulli no se come, eres parte de una función tan novedosa que ni nombre tiene. En su ruptura total con el canon sagrado del comer, le faltaba romper una amarra, la que le ataba a la tiranía convencional del restaurante. Nunca más abrirá. Y él, por supuesto, sabe desde hace tiempo lo que dentro de dos años va a suceder.
Sugiero a los inspectores de la Guía Michelín que vayan reservando los billetes porque El Bulli, comandado siempre por la ardiente mirada del genio, ya se ha calzado las ruedas y dentro de poco habrá que buscar pacientemente por los cinco continentes donde recaba el primer restaurante del mundo y de la historia sin restaurante.

1 comentarios

jue

21

ene

2010

La Teoría de la Conspiración

Cuando enseñamos en el Museo de Utopía el original de la Revista LIFE de Julio de1937, en el que la prestigiosa revista americana publicó la foto de Robert Capa, de la muerte del Miliciano, raro es que el visitante no manifieste que ha oído o leído que la imagen es falsa o está trucada.
Sin entrar en el fondo insondable de lo que esa tarde allí sucedió exactamente, ni olvidar que no es raro que haya cocina tras las fotos más famosas de la historia, no puedo evitar en este caso oleadas de perplejidad.
Al parecer hay auténtica pasión últimamente por dejar claro que el tal Capa era un farsante, un chiquilicuatro, un oportunista, un don nadie. Aunque no deja de resultar curioso que a la hora de valorar desde España a un artista de tan larga trayectoria y prestigio, se le juzgue por el anecdotario de su primera foto publicada a escala mundial, no se puede ignorar que era periodista y extranjero, maridaje obviamente sospechoso, aún hoy. Pero lo que ya no resulta tan trivial es que no se suele mencionar que para poder efectuar el cambalache aquella tarde en Cerro Muriano o dónde fuese, se necesitó de la activa colaboración y complicidad del miliciano, de sus compañeros de armas, de los demás periodistas presentes, incluida la novia de Capa, la más que ilustre y famosa mundialmente reportera de guerra del Life, Gerda Taro. Todos, en pleno frente, orquestando un sainete, un disparate goyesco, una broma de muy mal gusto que, encima, y eso nadie lo duda, terminó aquel mismo día con la muerte de varios de ellos.
Y digo yo, ¿y si toda la tragedia fue mentira?, ¿y si realmente los símbolos y documentos que avalan o avalaban aquel hecho o miles de otros hechos, fueron fruto de una gigantesca conspiración? Realmente... ¿existió Franco?

2 comentarios

jue

14

ene

2010

Cadáver Exquisito

Fue en un pueblo sin mar. Mikel Urmeneta llegó una noche de verano a Utopía y se quedó para siempre. De los múltiples papeles que le adjudican en su vida, optó por ser lo que es, cadáver exquisito. Gin Tonics con pepino y mojitos que se iban endulzando a medida que se acercaba la madrugada, fueron los guardianes del espíritu cierto y surreal de la realidad que esa noche compartió Mikel con Merche, Jabi y conmigo. El cadáver exquisito, ese juego perverso e inocente creado por los surrealistas, consistente en escribir un texto, mostrar sólo la última frase al siguiente amigo escritor y así hasta completar una narración con la coherencia del azar y la fortuna del inconsciente colectivo, fue, en decenas de intentos, la fragua de la amistad.
Me había contado Maruja Mallo sus noches de cadáveres exquisitos en los treinta con Paul Éluard y André Breton. Me había relatado don Luis Buñuel como en la Residencia de Estudiantes era un juego casi obligado en la habitación de Dalí o Federico. También Eduardo Westerdhal y Pérez Minik me dijeron como se dibujaban, con igual técnica que los relatos, cadáveres exquisitos en el París de los treinta ... pero nadie hasta esa noche se me había acercado y, con la misma naturalidad con que se propone compartir copa y desamores, me había planteado hacerlos.
Hoy, pasados varios meses de esa noche, sé que Mikel Urmeneta no es nada de lo que la gente cree que es. No es gin tonic, ni mojito, ni iconoclasta, ni loco, ni fiestas, ni gastrónomo, ni amante, ni genio, ni fotógrafo excelente, ni, aún menos, dibujante. Mikel no es tampoco un cadáver y evidentemente para nada es exquisito. Mikel es simplemente el niño perdido de las noches, que busca por Nueva York, Pamplona o Benalup, con quien poder compartir su inocencia.

2 comentarios

mié

06

ene

2010

El Cabaret de la Utopía

Cuando prende el cabaret en Utopía, se apaga la razón. Nada es igual. El tiempo se mide en sorbos. Los sorbos son miradas, las miradas compases, el compás latidos, el silencio pasión.
Cuando hacemos cabaret en Utopía, no hay más mundo ni más noche que el que trenzamos cada fugaz instante, para unir cada nudo con el otro y, entre todos, tender un velo por la sala que oculta la monótona verdad y realza lo único que en verdad vale, la dulce mentira del ensueño de estar vivos.
Cuando el piano penetra, el trombón hiere, la voz besa húmeda la piel, el baile nos abraza, el violoncello cuenta a su aire y a sus cuerdas no se qué lamentos y Lili Marlen nos hace sumisos de amor de barro en las trincheras, sólo queda un suspiro de falda por el aire, una imagen borrosa que intentamos apropiarnos, pero vuela y se deshace, dejando en el angosto espacio entre falda y muslo hueco suficiente para albergar entero el cabaret, el mismo de siempre, el que reduce la vida a la verdad de un trozo de tela cimbreando en la noche sobre un pedazo de piel que al fin es nuestro.
Recomiendo beber licor de oro o absenta. También funciona pedir champagne, beber sólo una copa e invitar a quien te plazca.

4 comentarios

mié

23

dic

2009

Mikel Erentxun

No hay detrás historias que te cuente. Como si fuera hoy la noche en que decidió cantar. No hay agazapados estornudos de fama con los que adornar leyendas. Como si fuera fruto del azar que le esperen padre e hijo el autógrafo fetichista del renombre. No rompe el ritmo de su lento latido de paz y maratón ni Manolo Moro pidiéndole durante dos horas que cifre sus acordes para hacerlos partitura con los que acompañar al piano el Detalle del Miedo. Como si el tiempo y los acordes estuvieran siempre de su lado. No pide explicación alguna del porqué le llamé Ulises y reclamé su presencia en el escenario como la vuelta a Itaca del guerrero que a su pueblo le fue fiel. Como si tuviera serenamente asumido que en su mundo es rey y que su mundo es de aquel que quiere entrar y que la Itaca de su mundo está justo en el sitio en que su voz y su guitarra suenan.


La utopía estuvo el sábado en la yema de los dedos del corazón de más de cien gargantas. La suya y las nuestras. Entre todos hicimos el concierto y nos salió de maravilla.

2 comentarios