EL BLOG
Por Miguel Ángel Fernández, creador de Utopía
mar
23
feb
2010
María Teresa León
La última noche en que se perdió por la arboleda

Fuimos a Roma buscando a Rafael Alberti para convencerle de lo que más le gustaba que alguien le convenciera: que antes que poeta era pintor. Era el verano del 75. Rafael reinaba en el corazón del Trastévere romano. Afortunadamente no había obra pictórica suficiente para montar una antológica suya en el Madrid recién liberado del oprobio, con lo cual siguió siendo escritor. Nada impedía en aquella Roma aún presa de Fellini, y tampoco su avanzada edad, que Rafael oficiara de poeta divino, de galán enamorador de jóvenes y nerviosas periodistas, de iconoclasta de ese exilio que ya al fin se le escurría como el agua por el puño, de referente reverenciado y respetado por la cúpula de la delincuencia romana que allí, en el barrio, también moraba. Mi coche, como era obligado para todo españolito que en el corazón de Roma osase penetrar motorizado, había sido concienzudamente desvalijado al lado del Vaticano, así todo quedaba en casa. Fue enterarse Rafael, y con una naturalidad pasmosa marcó un número de teléfono, dio dos datos vaya usted a saber a quién, colgó y siguió hablando de pintura, haciendo sólo un breve inciso para comunicar que en menos de media hora llevarían a su casa todo lo robado. Rafael era para entonces grande, era fuerte, era querido y le encantaba demostrarlo. Rafael se dejaba admirar de todos y no hacía ascos al querer de todas a las que él previamente hubiese seleccionado. María Teresa no estaba.
Por la tarde nos fuimos con él al pequeño pueblo de Antícoli Corrado, su segunda residencia. Y allí apareció María Teresa, en el breve jardín de la humilde y hermosa casa de verano, rodeada del sabor del Lazio y el olor de las olivas. Eran fiestas. Rafael, nada más llegar al pueblo, había cerrado el telón de su ya algo monótono donjuán romano y había entreabierto, con bastante menos pasión escénica, el palco en que tranquila y plena descansaba la mirada de su compañera: “mira María Teresa qué jóvenes son, vienen de España a por nosotros”. María Teresa sonreía sin cesar e insistía en su pronta entrada a lomos de caballo blanco por la Puerta de Alcalá, para allí, desde lo alto, salvar de nuevo al Museo del Prado que ella ya había salvado. Sus dos melenas blancas parecían curtidas de igual urdimbre de exilio desgarrado, pero la de María Teresa era más eléctrica, sin rayas ni peinados, sólo quebrantos.
Llegó la noche y la cena. Quien menos hablaba era ella pero daba igual, ya hacía horas que se había adueñado del mundo. Cada palabra suya, por incomprensible o desconectada que sonara, nos devolvía a todos, también a Rafael, al mandato de la autoridad intelectual y moral de la España que ella seguía representando allí donde estuviese. Comenzaron los fuegos artificiales de fin de fiesta en lo alto de Antícoli Corrado. María Teresa León se levantó de la silla metálica y algo oxidada del jardín, y comenzó una arenga. Quizá la última. “Esos truenos no anuncian nada bueno” “¡Cuidado… pueden descubrir nuestra posición!” “María Teresa, no son truenos ni rayos, son fuegos artificiales” corregía sin demasiado afán Rafael. Poco o nada le gustó esa matización. Se creció, erguida, con la luna elevando su costado, mirando hacia lo alto, con el micrófono de la vida colgando del plató del valle: “¿Pero no veis que son rayos? ¿No veis que iluminan a ráfagas la arboleda hasta perderse?”
mié
03
feb
2010
Músicos
Último eslabón con la bohemia. Legión romana por el tropel de su cuantía. Trotamundos medievales entre antros y palacios. Pícaros sin ciego. Fervientes enamorados de una noche. Poetas condensados como el twitter. Ladrones de sorbos y de besos. Manirrotos de excesos y locuras. Tímidos entre las mesas. Dioses paganos en la escena. Avaros de añoranzas. Generosos en recuerdos recreados. Vencedores por dos horas. Derrotados sin remedio. Reyes de baraja. Bebedores de lo que sea, a poder ser sin hielo y échale todo el MySpace que quepa. Infieles irredentos. Vendedores de cedés que nadie compra. Mercaderes de sueños. Filósofos del desencanto.
Niñas malas. Mujeres fatales. Voces modositas cuando juegan de tontunas. Lamentos procaces cuando quieren ser hirientes como el fado. Cuerpo de baile. Desnudo aún vestido Inaccesible como el vals
de mil tiempos. Gafas de sol por el día. Ojos de gata para ti, Sabina, por la noche. Devotas de la reber. Heroínas. Heroicas. La niña de mis ojos y los tuyos cuando canta, cuando danza, cuando
toca. La oveja descarriada del padre bienpensante. Reinas de noches y deseos. Purpurina divina bajo el foco. Sudor de sudor sin más tras el concierto. Centro del mundo por dos horas. Demasía en
las tablas. Demasiada soledad en el silencio. Demasiado silencio de noches sin concierto.
Ellas y ellos es lo que aún queda. No hay más bohemia.
Gracias.
vie
29
ene
2010
La mirada ardiente
Ferrán Adriá, como cualquier gran genio, no improvisa. O si se prefiere, las genialidades encierran detrás un gran trabajo, cientos de horas de reflexión. La genialidad como sinónimo de
ocurrencia es simplemente eso, una ocurrencia. Hace ya año y medio, en el Agosto que compartimos en Utopía, Ferrán me anunció el cierre de El Bulli. "Esto es ya un disparate. ¿Conoces a alguna
empresa que tenga en plantilla a alguien cuya misión sea decir no a quien llama?... Pues bien, en El Bulli tenemos a dos en nómina sólo para decir que no a las peticiones de reserva".
Las miradas ardientes de la creatividad nunca han necesitado de un local concreto en el que asentar su trabajo. Picasso o Caruso o Verdi no eran un taller ni un estudio ni un teatro, eran ellos
con su obra, o aún más, eran su obra aún sin ellos, pero nunca un sitio, fetichismos aparte.
Adriá está absolutamente por delante de clasificaciones que le encumbran a ser el primero entre los primeros, está a años luz de ser dueño y alma del primer restaurante del mundo, y está a la
misma distancia que nos separa del Big Bang de tener tres estrellas Michelín. Ferrán es vanguardia pura. Quien diga que ha ido a El Bulli y le ha gustado o no le ha gustado lo que allí ha comido
es que simplemente no ha ido. En el Bulli no se come, eres parte de una función tan novedosa que ni nombre tiene. En su ruptura total con el canon sagrado del comer, le faltaba romper una amarra,
la que le ataba a la tiranía convencional del restaurante. Nunca más abrirá. Y él, por supuesto, sabe desde hace tiempo lo que dentro de dos años va a suceder.
Sugiero a los inspectores de la Guía Michelín que vayan reservando los billetes porque El Bulli, comandado siempre por la ardiente mirada del genio, ya se ha calzado las ruedas y dentro de poco
habrá que buscar pacientemente por los cinco continentes donde recaba el primer restaurante del mundo y de la historia sin restaurante.
jue
21
ene
2010
La Teoría de la Conspiración

Cuando enseñamos en el Museo de Utopía el original de la Revista LIFE de Julio de1937, en el que la prestigiosa revista americana publicó la foto de Robert Capa, de la muerte del Miliciano, raro
es que el visitante no manifieste que ha oído o leído que la imagen es falsa o está trucada.
Sin entrar en el fondo insondable de lo que esa tarde allí sucedió exactamente, ni olvidar que no es raro que haya cocina tras las fotos más famosas de la historia, no puedo evitar en este caso
oleadas de perplejidad.
Al parecer hay auténtica pasión últimamente por dejar claro que el tal Capa era un farsante, un chiquilicuatro, un oportunista, un don nadie. Aunque no deja de resultar curioso que a la hora de
valorar desde España a un artista de tan larga trayectoria y prestigio, se le juzgue por el anecdotario de su primera foto publicada a escala mundial, no se puede ignorar que era periodista y
extranjero, maridaje obviamente sospechoso, aún hoy. Pero lo que ya no resulta tan trivial es que no se suele mencionar que para poder efectuar el cambalache aquella tarde en Cerro Muriano o
dónde fuese, se necesitó de la activa colaboración y complicidad del miliciano, de sus compañeros de armas, de los demás periodistas presentes, incluida la novia de Capa, la más que ilustre y
famosa mundialmente reportera de guerra del Life, Gerda Taro. Todos, en pleno frente, orquestando un sainete, un disparate goyesco, una broma de muy mal gusto que, encima, y eso nadie lo duda,
terminó aquel mismo día con la muerte de varios de ellos.
Y digo yo, ¿y si toda la tragedia fue mentira?, ¿y si realmente los símbolos y documentos que avalan o avalaban aquel hecho o miles de otros hechos, fueron fruto de una gigantesca conspiración?
Realmente... ¿existió Franco?
jue
14
ene
2010
Cadáver Exquisito

Fue en un pueblo sin mar. Mikel Urmeneta llegó una noche de verano a Utopía y se quedó para siempre. De los múltiples papeles que le adjudican en su vida, optó por ser lo que es, cadáver
exquisito. Gin Tonics con pepino y mojitos que se iban endulzando a medida que se acercaba la madrugada, fueron los guardianes del espíritu cierto y surreal de la realidad que esa noche compartió
Mikel con Merche, Jabi y conmigo. El cadáver exquisito, ese juego perverso e inocente creado por los surrealistas, consistente en escribir un texto, mostrar sólo la última frase al siguiente
amigo escritor y así hasta completar una narración con la coherencia del azar y la fortuna del inconsciente colectivo, fue, en decenas de intentos, la fragua de la amistad.
Me había contado Maruja Mallo sus noches de cadáveres exquisitos en los treinta con Paul Éluard y André Breton. Me había relatado don Luis Buñuel como en la Residencia de Estudiantes era un juego
casi obligado en la habitación de Dalí o Federico. También Eduardo Westerdhal y Pérez Minik me dijeron como se dibujaban, con igual técnica que los relatos, cadáveres exquisitos en el París de
los treinta ... pero nadie hasta esa noche se me había acercado y, con la misma naturalidad con que se propone compartir copa y desamores, me había planteado hacerlos.
Hoy, pasados varios meses de esa noche, sé que Mikel Urmeneta no es nada de lo que la gente cree que es. No es gin tonic, ni mojito, ni iconoclasta, ni loco, ni fiestas, ni gastrónomo, ni amante,
ni genio, ni fotógrafo excelente, ni, aún menos, dibujante. Mikel no es tampoco un cadáver y evidentemente para nada es exquisito. Mikel es simplemente el niño perdido de las noches, que busca
por Nueva York, Pamplona o Benalup, con quien poder compartir su inocencia.
mié
06
ene
2010
El Cabaret de la Utopía

Cuando prende el cabaret en Utopía, se apaga la razón. Nada es igual. El tiempo se mide en sorbos. Los sorbos son miradas, las miradas compases, el compás latidos, el silencio pasión.
Cuando hacemos cabaret en Utopía, no hay más mundo ni más noche que el que trenzamos cada fugaz instante, para unir cada nudo con el otro y, entre todos, tender un velo por la sala que oculta la
monótona verdad y realza lo único que en verdad vale, la dulce mentira del ensueño de estar vivos.
Cuando el piano penetra, el trombón hiere, la voz besa húmeda la piel, el baile nos abraza, el violoncello cuenta a su aire y a sus cuerdas no se qué lamentos y Lili Marlen nos hace sumisos de
amor de barro en las trincheras, sólo queda un suspiro de falda por el aire, una imagen borrosa que intentamos apropiarnos, pero vuela y se deshace, dejando en el angosto espacio entre falda y
muslo hueco suficiente para albergar entero el cabaret, el mismo de siempre, el que reduce la vida a la verdad de un trozo de tela cimbreando en la noche sobre un pedazo de piel que al fin es
nuestro.
Recomiendo beber licor de oro o absenta. También funciona pedir champagne, beber sólo una copa e invitar a quien te plazca.
mié
23
dic
2009
Mikel Erentxun

No hay detrás historias que te cuente. Como si fuera hoy la noche en que decidió cantar. No hay agazapados estornudos de fama con los que adornar leyendas. Como si fuera fruto del azar que le esperen padre e hijo el autógrafo fetichista del renombre. No rompe el ritmo de su lento latido de paz y maratón ni Manolo Moro pidiéndole durante dos horas que cifre sus acordes para hacerlos partitura con los que acompañar al piano el Detalle del Miedo. Como si el tiempo y los acordes estuvieran siempre de su lado. No pide explicación alguna del porqué le llamé Ulises y reclamé su presencia en el escenario como la vuelta a Itaca del guerrero que a su pueblo le fue fiel. Como si tuviera serenamente asumido que en su mundo es rey y que su mundo es de aquel que quiere entrar y que la Itaca de su mundo está justo en el sitio en que su voz y su guitarra suenan.
La utopía estuvo el sábado en la yema de los dedos del corazón de más de cien gargantas. La suya y las nuestras. Entre todos
hicimos el concierto y nos salió de maravilla.

