El espíritu de los años 30
LAS HABITACIONES
Cada una de sus 16 Estancias desarrolla un tema de la vida cotidiana de los años treinta en el mundo. Por su calidad y originalidad es el único hotel de Cádiz con la distinción de tres casitas en rojo de la prestigiosa Guía Michelín.
LA FONDA DE UTOPÍA
Espectacular espacio mezcla de cabaret, café-teatro y restaurante parisino de los 30, que contiene un singular restaurante y un escenario teatral. En su cuidada carta y sus afamados menús-degustación se combina la tradición y modernidad de la mejor gastronomía. Tiene el apoyo de algunos de los más prestigiosos cheffs del mundo.
LOS ESPECTÁCULOS Y LOS EVENTOS
La Fonda de Utopía también es un espacio mítico en el sur por sus grandes espectáculos musicales y de cabaret con figuras como Mikel Erentxun, Toni Zenet, Pablo Carbonell, Javier Ruibal o Javier Urquijo. Utopía es también el lugar idóneo para aquellos eventos de empresa, celebraciones y bodas que buscan la distinción y la máxima personalización.
BONO REGALO UTOPÍA
Sorprenda con una memorable Experiencia Utopía. Regale el bono que incluye cena, música en vivo, habitación y desayuno desde 185 € para dos personas.
EXPERIENCIAS UTOPÍA
Los testimonios de los clientes tras su paso por el Hotel Utopía al que muchos "nos han prometido volver".
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NOVEDADES HOTEL UTOPÍA
20/12/2009 El Hotel Utopía vuelve a recibir la máxima distincion (3 casitas) de la Guia Michelín.
16/02/10 Hotel Utopía entre los Top 5 Hoteles Románticos de Andalucía.
27/02/10 Hotel Utopía en "El Viajero" de El Pais por Fernando Gallardo.
07/03/10 Diario de Cádiz: "Hotel Utopía, una 'locura'que ha cambiado un pueblo". |
EL BLOG
Por Miguel Ángel Fernández, creador de Utopía
mar
23
feb
2010
María Teresa León
La última noche en que se perdió por la arboleda

Fuimos a Roma buscando a Rafael Alberti para convencerle de lo que más le gustaba que alguien le convenciera: que antes que poeta era pintor. Era el verano del 75. Rafael reinaba en el corazón del Trastévere romano. Afortunadamente no había obra pictórica suficiente para montar una antológica suya en el Madrid recién liberado del oprobio, con lo cual siguió siendo escritor. Nada impedía en aquella Roma aún presa de Fellini, y tampoco su avanzada edad, que Rafael oficiara de poeta divino, de galán enamorador de jóvenes y nerviosas periodistas, de iconoclasta de ese exilio que ya al fin se le escurría como el agua por el puño, de referente reverenciado y respetado por la cúpula de la delincuencia romana que allí, en el barrio, también moraba. Mi coche, como era obligado para todo españolito que en el corazón de Roma osase penetrar motorizado, había sido concienzudamente desvalijado al lado del Vaticano, así todo quedaba en casa. Fue enterarse Rafael, y con una naturalidad pasmosa marcó un número de teléfono, dio dos datos vaya usted a saber a quién, colgó y siguió hablando de pintura, haciendo sólo un breve inciso para comunicar que en menos de media hora llevarían a su casa todo lo robado. Rafael era para entonces grande, era fuerte, era querido y le encantaba demostrarlo. Rafael se dejaba admirar de todos y no hacía ascos al querer de todas a las que él previamente hubiese seleccionado. María Teresa no estaba.
Por la tarde nos fuimos con él al pequeño pueblo de Antícoli Corrado, su segunda residencia. Y allí apareció María Teresa, en el breve jardín de la humilde y hermosa casa de verano, rodeada del sabor del Lazio y el olor de las olivas. Eran fiestas. Rafael, nada más llegar al pueblo, había cerrado el telón de su ya algo monótono donjuán romano y había entreabierto, con bastante menos pasión escénica, el palco en que tranquila y plena descansaba la mirada de su compañera: “mira María Teresa qué jóvenes son, vienen de España a por nosotros”. María Teresa sonreía sin cesar e insistía en su pronta entrada a lomos de caballo blanco por la Puerta de Alcalá, para allí, desde lo alto, salvar de nuevo al Museo del Prado que ella ya había salvado. Sus dos melenas blancas parecían curtidas de igual urdimbre de exilio desgarrado, pero la de María Teresa era más eléctrica, sin rayas ni peinados, sólo quebrantos.
Llegó la noche y la cena. Quien menos hablaba era ella pero daba igual, ya hacía horas que se había adueñado del mundo. Cada palabra suya, por incomprensible o desconectada que sonara, nos devolvía a todos, también a Rafael, al mandato de la autoridad intelectual y moral de la España que ella seguía representando allí donde estuviese. Comenzaron los fuegos artificiales de fin de fiesta en lo alto de Antícoli Corrado. María Teresa León se levantó de la silla metálica y algo oxidada del jardín, y comenzó una arenga. Quizá la última. “Esos truenos no anuncian nada bueno” “¡Cuidado… pueden descubrir nuestra posición!” “María Teresa, no son truenos ni rayos, son fuegos artificiales” corregía sin demasiado afán Rafael. Poco o nada le gustó esa matización. Se creció, erguida, con la luna elevando su costado, mirando hacia lo alto, con el micrófono de la vida colgando del plató del valle: “¿Pero no veis que son rayos? ¿No veis que iluminan a ráfagas la arboleda hasta perderse?”














































